7.9º: TIEMBLA EL PERÚ

Por la periodista Amanda Meza

El Perú fue sacudido por un sismo de 7,9º en la escala de Richter. Duró dos minutos y medio. Angustiantes para unos, eternos para otros. Es el mayor sismo registrado en este país. Es el terremoto que nadie se imaginó vivir. Los muertos suman más de 500 y los heridos casi dos mil. Pero no es el censo final, sigue la búsqueda de víctimas.

A las 6 y 45 de la tarde del pasado 15 de agosto, un remezón hizo salir a los peruanos de sus oficinas y casas. Segundos después una sacudida más fuerte ya tenía a los peruanos parados en las pistas o en las puertas de sus edificios y casas. En Miraflores, donde me encontraba, los vidrios de algunos edificios empezaron a caer. Por fortuna no lastimaron a nadie. La gente -para mi asombro- mantuvo la calma a pesar que la pista se levanto ondulante y e sonido de los vidrios era abrumador.

Una vez que pasó muchos aún esperaban la réplica. Otros caminaban hacia sus casas a prisa, ya que los microbuses se saturaban de pasajeros y los taxis no paraban. Los teléfonos no funcionaban y la Internet tampoco. El Perú estaba incomunicado. Pasaron al menos dos horas para que la mayoría pudiera comunicarse tras varios intentos fallidos con sus familias. Las horas pasaban y se pudo saber por reportes de oyentes en las radios que el terremoto dejaba saldos fatales.

Lo que dijo el Presidente

En mensaje a la Nación, a las 11 de la noche, el presidente Alan García informó que la cifra de muertos era de casi 200 personas y los heridos sumaban más de 500. Pero la noticia que más duele es la que nos indica que aún la naturaleza siempre se ensaña con los más pobres. Ica, un departamento vecino a Lima, y los distritos de Pisco, Chincha y Cañete fueron los más afectados. Durante el terremoto más de mil casas se cayeron, dichas ciudades se quedaron sin luz y agua, los hospitales colapsaron sin camas ni medicinas, los muertos estaban regados por todas partes y había innumerables desaparecidos. El caos reinó.

En el país esa noche y la siguiente nadie durmió. Los especialistas han señalado que las 400 réplicas que se han sentido nos deben tener prevenidos por lo menos 30 días, debido a la magnitud del sismo. A pesar de que muchos acuden a sus centros de labores, la calma no se mantiene, pues al mínimo temblor salen corriendo. No hay clases en los colegios porque éstos -en su mayoría- tienen una infraestructura deplorable. Hay riesgo de que se desplomen.

El sur es el lugar que más ha sufrido. En la Plaza de Armas de la ciudad de Pisco, se han colocado los cadáveres para facilitar su identificación. Largas colas de familias crean un cuadro desolador. La naturaleza no ha discriminado entre viejos, jóvenes, mujeres, hombres o niños. Los cementerios tampoco están preparados para enterrar a tanta gente. No hay agua, no hay luz, no hay alimentos y empiezan los saqueos. Las carreteras se reparan lentamente.

Indiferencia o insensibilidad

En Lima seguimos siendo indiferentes o no sentimos amor por los demás. El terremoto ocurrió, los medios informaban sobre el creciente número de muertos, y aquí seguían abiertos los cafés, las pollerías, los bares, las librerías y los cines. Al otro día, la misma cosa, los centros comerciales seguían vendiendo, publicitando sus tarjetas, etc.

Mientras unos se tomaban una taza de café, otros se morían de hambre y sed. En tanto algunos compraban libros, otros pedían frazadas y el papel les importaba muy poco. Con lo que se gastaba en esas superficialidades una familia entera de Pisco, Ica, Cañete, Mala o Lunahuaná, podía comer.

Me hace recordar la época del terrorismo. Si no pasaba lo de Tarata en Miraflores nadie lo sentía, no le importaba. Es la misma reacción. La muerte del otro a nadie le importa. ¿Hasta cuándo?

Y ni que hablar de la deshumanización en las empresas. He podido comprobar que trabajadores que llegaron tarde al día siguiente del terremoto han sufrido descuentos o reprimendas a causa de su tardanza. En más de una institución los jefes ni siquiera les han preguntando a sus trabajadores por sus familias o se han dado el lujo de detectar si alguno de ellos perdió a su familia en el desastre.

Los límites de la publicidad

Me indigna ver como las empresas o instituciones no son capaces de hacer una donación sin que se les mencione en la televisión. Asimismo, me vuelvo a indignar cuando veo la Plaza de Armas de Pisco - o lo que queda de ella- llena de carpas y estrados con el logo de las empresas. Ósea, no damos si no recibimos nada a cambio. Una vergüenza.

Espero que estas líneas consigan una reflexión sobre lo que somos y hacia dónde vamos. Los que han muerto no son números que se olvidan, no son personajes de ficción, no son parte de una película, son parte de nosotros mismos, son nuestros hermanos, peruanos como nosotros, que tenían sueños, familias, que dejan viudas, huérfanos. No olvidemos tampoco de dónde venimos y que todos somos iguales.

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