|
El toledismo: Anatomía de un fracaso político
Por Raúl Chanamé Orbe, analista político
Que ha hecho Alejandro Toledo para en tan corto tiempo, recibir tanta animadversión de los peruanos que, ayer nomás, lo ungieron Presidente en medio de grandes esperanzas.
Toledo en una primera etapa luchó por ser la sucesión económica al modelo imperante, en una segunda pugnó por ser una alternativa diferente, alimentada de un conjunto de demandas difusas: Desde aquellas nacionalistas (¡No al Tratado de Itamarati!), las populistas (¡Aumento al sector público!) y cediendo a todas las exigencias regionalistas (¡No a la privatización!). Sin duda, no estábamos asistiendo a la construcción de un Plan de gobierno, sino a la destrucción de cualquier regla de gobernabilidad.
El toledismo no fue expresión de ningún movimiento social, surgió en la imaginación azarosa de un fabulista. Nació en el seno de un clan ambicioso, que sin escrúpulos le dio una raíz endogámica y fraudulenta. Se presentó como una promesa, que simbólicamente pretendía sintetizar lo nacional con lo cosmopolita. Desde una oposición moderada al fujimorismo fue perfilando su opción de gobierno ("Déjenos construir el segundo piso de la casa"), hasta convertirse, con el paso del tiempo, en una alternativa radical (¡Basta maldita SUNAT!)
Tras un discurso ambiguo de campaña se forjó un amasijo de intereses contradictorios, que ensanchó alianzas políticas sin discreción (desde Patria Roja hasta los hermanos Humala), pactos económicos mercantiles (León Rupp, Samuel Dyer, Genaro Delgado Parker, entre muchos otros), acuerdos multinacionales (desde la "halcona" Condolezza Rice hasta el inescrupuloso George Soros) y el concurso orgánico de la izquierda moderada (ya no con sus pequeños partidos sino con sus grandes ONGs). Este barco electoral con variopintos tripulantes llegó al poder (con el 53% de los votos en segunda vuelta). Desde un inicio no estableció un gabinete que expresara esta alianza de gobierno, sino la conformación de ministerios con afán de facción (liberales, neopopulistas e inquisidores), que rápidamente entraron en pugna al no poseer un rumbo en común.
El toledismo no identifico correctamente cual era su enemigo programático, por ello buscó endemoniar al fujimorismo como un todo, corrupto per se, terminado por satanizar inclusive lo mejor de éste: las reformas económicas (lo que el augural Toledo llamaba el "primer piso"). Con ello restó legitimidad a la economía de mercado y sin proponérselo empezó a reanimar la cultura añeja del proteccionismo. En su afán por enterrar a Fujimori, término por exhumar al estatismo, y con ellos sus más caros emblemas burocráticos (¡Despedidos reposición!), asistenciales (Banco Agrario) y tributarios (Desagio), entre otros.
Asistimos al retorno de una cultura política que las reformas económicas pretendieron domeñar. Un movimiento popular desafecto a las privatizaciones, como el que encabezó Toledo en su campaña, frenó todo impulso reformista, así el Acta de Arequipa fue la partida bautismal de la restauración de esta ola ideológica en el Perú, que el toledísmo con su improvisación ha prohijado. Habría que preguntarse ¿Porqué ésta ola viene desde las provincias?. Pues el oficialismo creyó que se satisfacen expectativas descentralistas solo convocando a elecciones para gobiernos regionales, buscando así contener los reclamos localistas, sin entender que estos comicios impulsaban las expectativas con mayor frenesí. Ilave y Andahuaylas es la consecuencia de este ciclo. Una vez más el desatino con la demagogia vuelven a poner en riesgo la urgencia de una regionalización ordenada y escalonada.
Al toledísmo no le faltan palabras, le sobran; evidencia una sola carencia: la sintaxis, que en política se llama coherencia. Es una Babel de intereses, que despliegan propósitos difusos y, a veces, encontrados. Se dice que los candidatos son prisioneros de sus promesas, pero los gobernantes son rehenes de sus silencios, ha pasado de un superávit de palabras a un exceso de omisiones.
Aislado no termina por comprender que el problema no está en la oposición (Patria Roja o el PAP), sino en sus propias entrañas, que el gobierno necesita su propio aggiornamiento capaz de devolverlo a la realidad, más allá de sus fatuas utopías ("pachacutísmo") o sus pesadillas policiales ("fujimontesinistas") que, finalmente, le permitan gobernar y durar.
Hasta el momento en lo único que ha superado el Presidente Toledo a sus predecesores es en su rápido desgaste social. Alan García se fue de palacio en 1990, tras el intento de estatización de la banca y el descalabro inflacionario, con un respaldo del 22%. Fujimori, tras su autoritaria gestión y con el video Kouri - Montesinos, se alejó del gobierno con el 35% de apoyo.
El Presidente en menos de 12 meses quedó reducido a un lánguido 15% de respaldo y en los últimos meses se contrajo a 5%, que pone en serio peligro la tan propalada gobernabilidad, que se sustenta en una legitimidad de consenso y no en el repudio generalizado.
En medio de las encuestas, el Perú vive una extraña paradoja: no cree simultáneamente en el gobierno ni en la oposición. Ni en el ejecutivo ni el legislativo. El único valor que ha ganado la voluntad de los peruanos es la desconfianza hacia todo el sistema político, peligroso ingrediente del desgobierno.
Hace algunos años, cuando había estabilidad económica y política, discutíamos cuál era el mejor modelo para encarar el desarrollo nacional: Chile o Costa Rica. Hoy algunos piensan, sin decirlo, cuál modelo de salida a la crisis es menos malo: la Argentina de De la Rúa, el Ecuador de Mahuad o la Bolivia de Sánchez de Lozada. Hasta nuestra discusión se ha devaluado de propósitos futuros.
La presidencia fue la mejor medalla en la biografía política de Alejandro Toledo y el toledismo es el peor legado de la democracia peruana; este que surgió como una promesa para un sector bien intencionado de ciudadanos, se ha transformado raudo en un problema que amenaza la credibilidad de la democracia y la estabilidad de todos los peruanos.
* Este artículo forma parte del libro "Cría Cuervos. Crítica a las ideas políticas vigentes", Editorial Centuria, 2005, que desde una perspectiva polémica nos plantea revisar la historia política del país, poniendo en entredicho las recurrentes explicaciones sobre el subdesarrollo peruano.
|