| Todavía
recuerdo el día en que, al filo de la
medianoche del 31 de diciembre, mi abuela me
regaló unas cuantas monedas y, apuradísima
(como si el año se le fuese a escapar), me dijo
que las pusiera dentro de mi zapato izquierdo,
para recibir las doce con dinero en los talones.
Extrañado, hice lo que ella me dijo y empecé a
caminar casi cojeando por la casa. Sonaron las
doce y, mientras todo el mundo se abrazaba, lo
único que yo quería saber era cuándo podría
sacarme esas odiosas monedas. Claro, en ese
tiempo yo era apenas un chibolo, y no sabía que
aquella cábala tenía como propósito una
fortuna venidera.
Cada
año el mito se renueva. Es como si cruzar el
umbral calendario que agrega un dígito a las
cifras del tiempo nos causara una felicidad
incompresible. De pronto, se apodera de nosotros
esa extraña esperanza susurra al oído: “el año
que viene será mejor”. Y es que cuando el
mundo termina de dar su torpe vuelta alrededor
del sol, los hombres nos convertimos en niños
al borde de un ataque de ilusión. Pero como
toda ilusión, ésta esperanza no está
garantizada. Por eso, nos gusta desafiar al
destino con rituales paganos que nada tienen que
ver con altares ni oraciones.
Durante
la noche de año nuevo, mi tío solía treparse
a lo más alto del ropero y sacar las un par de
maletas, ya empolvadas por la ausencia de viajes
en la familia. Las llevaba a la puerta de la
casa, caminaba hasta la esquina y volvía, una y
otra vez. Según él, eso le iba a traer muchos
viajes.
Hay
costumbres que rozan el ridículo. Como aquel
ritual según el cual hay que sentarse y pararse
una y otra vez siguiendo el ritmo de las doce
campanadas de año nuevo, con el sublime propósito
de conseguir matrimonio. Y ya es proverbial la
ropa interior roja que hasta los más incrédulos
llevan consigo en la noche de año nuevo, esa
chillona prenda íntima que promete la llegada
del amante perfecto. La ropa interior amarilla
es más noble: se usa para alejar a los espíritus
de la mala suerte y tener un año lleno de
sonrisas.
La
única cábala que yo conservo es la más
sencilla (quizás por eso la conservo). Doce
uvas sueltas se sirven en un plato y se comen,
una por una, cuando llega la medianoche. Mis
recuerdos de este ritual son confusos. Cuando
era niño, pedía un deseo por cada uva, pero
cuando iba por la mitad, la luz de la sala se
iba, de pronto: alguna torre había sido
derrumbada. Entonces mi abuela decía que comiéramos
una cucharadita de lentejas, que eso traería
prosperidad para todos esos años difíciles.
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