| Tradiciones
de Año Nuevo
Un
poco de historia
Tarde
o temprano, todos los pueblos del mundo se
dieron cuenta de que, trascurrido cierto tiempo,
las estaciones solares repetían su cauce
luminoso. Los cultivos volvían a crecer y las
lluvias retornaban para regar las nuevas
semillas. Así, el hombre fue constatando el
eterno retorno hacia el punto inicial. Hace
4.000 años, los babilonios vieron en esta
repetición de las estaciones un motivo digno de
celebrarse, e instauraron un ciclo festivo que
dejaría corta a la juerga más movida de
nuestra época: eran 11 días de celebración,
que comenzaban cuando la primavera describía
sus primeros trazos entre los jardines colgantes
de Babilonia.
Los
egipcios también recibían con algarabía las
señales que preludiaban el nuevo año. Su
rostro se tornaba festivo cuando llegaba el
ansiado momento en que el río Nilo empezaba
crecer, y el caudal se hacía propicio para la
siembra. Entonces, la tierra era labrada con
confianza en los tiempos venideros. Desde
siempre, el año nuevo ha significado festejar
un triunfo inexistente, una victoria que se
desea pero aún no ha ocurrido. Es un elogio a
la esperanza que se renueva cada 365 días.
Costumbres
extranjeras
La
espera de fin de año es especial en Venezuela.
Antes que den las 12, las familias se reúnen en
sus hogares y preparan la "hallaca",
una especie de humita exuberante, repleta de
condimentos y relleno especial, que se regala a
los amigos durante la noche de víspera de Año
Nuevo. Es una forma de reafirmar la mistad y de
desear buena suerte para el próximo año.
En
Alemania, ese país del primer mundo que donde
las industrias no cesan nunca, los rituales
también tienen forma de metal. Y es que los
germanos no hacen sus sortilegios con hojas caídas
ni brebajes extraños (esas son sutilezas del
tercer mundo). Sencillamente, desafían al
destino mediante la “ceremonia” del
bleiglessen. Este ritual consiste en develar
los misterios del futuro con una barra de plomo
(sí, ese que se utiliza en la llave de luz). El
plomo se pasa por una soldadora, se funde hasta
hacerse agua y las plateadas gotas se vierten en
un vaso cuando el alba empieza a despuntar.
Evidentemente, el plomo líquido se vuelve sólido
nuevamente, y alcanza formas de lo más raras,
que -con una buena dosis de imaginación germánica-
pueden predecir lo que depara el mañana.
Herederos
de un aguerrido linaje, los escoceses tienen
furibundas manías hasta para celebrar. En año
nuevo, su afición preferida es el Hogmanay,
una fiesta brava que opaca a la delicada
Navidad. El procedimiento es sencillo: se busca
barril de madera, se le prende fuego y se lo
pone a rodar por las calles. Según dicen, es
para permitir el paso del nuevo año. Además,
luego de la medianoche, los habitantes de
Escocia esperan ansiosos a la primera persona
que ingrese al hogar. ¿Para qué?. Resulta que
los rasgos de el individuo determinan el curso
de los días futuros. Un moreno pintón y bien
plantado es símbolo de buenos augurios. Pero
una mujer pálida traerá mala suerte durante
todo el año entrante.
En
Rumania, algunas costumbres tienen características
alucinógenas. Impulsadas quizás por una
desesperación nupcial, las muchachas que aún
no se han casado suelen caminar hacia un pozo,
encender una vela y mirar hacia abajo. El
reflejo de la flama dibujará en las oscuras
profundidades del agua el rostro de su futuro
esposo. Pero las que prefieren no salir de casa,
pueden coger una rama de albahaca y colocarla
bajo la almohada: el sueño de esa noche tendrá
como protagonista al hombre que las espera. |