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LO QUE EL CUSCO NOS DEJÓ: Los otros triunfadores

Nadie lo ha dicho porque cuesta reconocerlo. Los Ronisch fueron los otros triunfadores del reciente Festival Internacional del Cusco. La agrupación boliviana tuvo la mayor acogida del auditorio asistente. Pero ese éxito contrasta con la crítica a su desempeño musical: elemental y reiterativo.

La decisión de programar a Los Ronisch para que cierren el festival, sólo fue comprendida cuando llegó el momento de su actuación. Eran más de la una de la madrugada. Los ebrios que dormían en las esquinas del imponente recinto festivalero se pusieron de pie. El gentío se arremolinó lo más cerca al escenario. Y en general, el ambiente se encendió para el fin de fiesta.

En ese instante, parecía una injusticia que esos chicos concluyeran la celebración habiendo contemplado las estupendas presentaciones de La Ley o de Los Rabanes, triunfadores en toda Latinoamérica.

Media docena de muchachos mestizos, más chatos que altos, más feos que atractivos, vestidos de pantalones y chalecos de azules chillones, tomaron el escenario con frases simples que tenían el objetivo de calentar –aún más– al público. No les fue para nada difícil lograrlo.

El público adulto sonrió feliz y bailaron tan intensamente como los jóvenes. Y es que estos chicos del hermano país basan su éxito en un ritmo que apela al instinto -qué sería de nosotros sin su ocasional presencia–, música de desfogue. Su “fórmula” es la de la radio: tocar una misma canción hasta que pegue en el inconsciente. Eso explica que tocarán cada uno de sus éxitos... ¡tres veces!

Los amigos de E! Entertainment que cubrían el festival se sorprendían al ver a extranjeros saltando dichosos con ese repetitivo ritmo. El público multinacional desfogaba sus recónditas represiones con fondo de sonsonete. Eso explica la intensificación de los problemas: hermanas que se agarraban a golpes, amigos que dejaban de serlo, patadas mediante...el incremento en la labor del área de tópico.

Justo fin de fiesta. El éxito de los bolivianos se debió a la celebración de nuestros más elementales instintos, pues a una fiesta el cerebro no suele ingresar. El desenfreno de cuerpos, el sudor compartido, la alegría por doquier no requiere de una mayor exigencia que la de celebrar el hecho de estar vivos. En esos momentos, la música ya no interesaba. No me pidan títulos de las “canciones” de Los Ronisch, pues ni los más efusivos danzantes las sabían. No me pidan continuar porque ya no puedo pensar sobre... ¿de qué estamos hablando?

Texto y fotos: Wili Jiménez Torres
Enviado especial de www.peru.com al Cusco
wili.jimenez@interlatincorp.com

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