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Crónica:
En el nombre de Dios
(Peru.com)
La ovación pronto fue aplauso, y el aplauso
se transformó rápidamente en una
pifia que no tardó en ser un abucheo ensordecedor
hacia Martha Chávez. Ella, inmutable, se
sonríe, alza la mano y saluda como
una vedette del parlamiento
a todo aquel que la insulta y la agrede a voz
en cuello. El toque del timbre, que buscaba el
silencio, crea más caos y el estupor se
apodera de todas las tribunas del hemiciclo, al
ser testigos de la juramentación de aquella
legisladora, que alguna vez habló de auto
torturados y auto secuestrados,
y ahora se limpia los labios con la democracia
que ella siempre destruyó.
El
cariño provinciano se apoderó del
recinto congresal. Eran las 9:30 de la mañana
y la juramentación se había retrasado
una hora, gracias a una reunión entre los
voceros de los movimientos. Los nuevos legisladores
aprovecharon su tiempo para alguna foto familiar.
El hemiciclo por unos instantes fue una plaza
más, donde cualquier curul era una buena
banca para que el tacneño Ronnie Jurado,
y su hija encontraran la foto del recuerdo.
Los
sombreros, los ponchos y las polleras fueron el
resultado de una elección por distrito
múltiple. La ya reconocida Paulina Arpasi
llegó puntal, llevándose la primera
ovación de la mañana. Una sonrisa
tímida y un saludo respetuoso era la respuesta
de Paulina ante cada nuevo admirador que encontraba
en el camino a su curul. Los congresistas, añejos
en política, entendían que un saludo
con la parlamentaria puneña era una pizca
más de espíritu descentralista.
Pero
cuando el sol recién amenazaba con aparecer,
el recibimiento que tuvieron el trío fujimorista,
Salgado-Lozada-Chávez, aventuró
lo que sería el final de película
de la juramentación. Los invitados de la
galería entrenaron sus silbidos ante la
indolencia de las parlamentarias, quienes quizá
buscaban la ayuda de Dios amaneciendo en el Congreso.
Una
hora después de fotos, recuerdos y abrazos,
Anel Townsend apareció por la misma puerta
por donde su padre entró cuando presidió
la Cámara de Diputados en 1967. Su madre
en la galería tenía en sus piernas
al hijo de la legisladora más votada. Andrés
alzaba sus manos ante su madre, la presidenta
de la Junta Preparatoria, quien juró por
el Perú y por la memoria de su padre y
mentor, Andrés Townsend.
Juro
para que los corruptos estén en la cárcel,
se le escuchó decir a Heriberto Benítez,
juro por los jubilados, fue la voz
de Xavier Barrón, juro por la U,
fue el grito de guerra de Alfredo Gonzáles,
juro por los mártires que lucharon
por los trabajadores, se le alcanzó
a oír a José Luis Risco, juro
renunciar a mi sueldo y a mi inmunidad parlamentaria,
susurró José León Luna, quien
ha sido acusado por Montesinos de haber recibido
dinero. Sí juro, fueron las
escuetas palabras de Gerardo Saavedra, quien esta
vez no juró por Dios y por la plata.
Ya
no llovían monedas ni desentonados insultos.
Esta vez la traición por dinero y el transfuguismo,
financiado por la caja de SIN, no existieron.
Los cortes de Mangas de Róger Cáceres
Pérez, o la risita hipócrita de
Alberto Kouri fueron dejados de lado, por las
grandes ovaciones hacia quienes han sido elegidos
por la voluntad popular.
En
quechua, aymará o hebreo. Por Jesús,
Jehová o la patria, los 120 parlamentarios
fueron desfilando ante el llamado del relator.
Un estruendo de palmas al sólo escuchar
su nombre. David Waisman se toma su tiempo y con
paso cansino va saludando a todo el parlamento
que se para ante su presencia. Un juramento sobrio,
sin Biblia ni cruz, pues el parlamentario es judío,
y un abrazo con su compañera de investigaciones,
Anel Townsend, cerraron un pequeño mágico
momento de rara admiración para un político.
Otros
ovacionados de la noche fueron Carlos Ferrero,
Susana Higuchi, José Luis Risco y Paulina
Arpasi. La bancada más uniforme bailó
al ritmo de las palmas apristas. Fueron desfilando
bajo un juramento dedicado a su mentor, Víctor
Raúl.
Los
menos admirados por no decir los abucheados
de la mañana fueron Xavier Barrón,
por su falta de dignidad al juramentar por los
jubilados, José León Luna, y un
presunto espíritu tránsfuga, y José
Barba Caballero, quien traicionando a sus raíces
desairó el respaldo de sus ex compañeros
apristas, al no juramentar por Víctor Raúl.
Pero
la pifia única y eterna que realmente invadió
el Congreso fueron para las congresistas de Perú
2000. Luego de una apacible juramentación,
donde los aplausos, las sonrisas y los saludos
abundaron, el solo escuchar su nombre hizo que
la alegría fuera un agravio.
Señora
Martha Chávez Cossio, y el malestar
pronto se transformó en insulto. Carmen
Lozada de Gamboa, y la indignación
no dejaba respirar. Luz Salgado Rubianes,
y los gritos buscaban el eterno silencio de las
parlamentarias. Ellas siempre, con la cabeza en
alto, intentaron responder, pero la pifia volvió
indescifrables sus juramentaciones.
Las
tres solas y aisladas en la primera fila, sin
vecinos ni bancada mayoritaria, quizás
recordaban con nostalgia su Congreso de leyes
con nombre propio y de interpretaciones auténticas.
Ahora, las tres fujimoristas recalcitrantes, viven
en carne propia lo que es ser una minoría...
pero con voz.
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