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PANIAGUA: Memorias de su gobierno

Por: Luis Endo
Fotos: Lin Belaunde

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Sólo ocho meses le bastaron a Valentín Paniagua para demostrar a los peruanos y al mundo que no toda la política nacional estaba sumergida en los oscuros sótanos de la corrupción fujimontesinista. En su corto, pero difícil periodo presidencial, reafirmó que la transparencia y un espíritu democrático siempre serán las mejores armas de todo gobernante que se jacte de ser un verdadero representante de la Nación.

Sus opiniones siempre son bien tomadas en cuenta y pocas veces son rebatidas por los sectores políticos. Ha adquirido un respeto que ya muchos quisieran tener…
Eso desde luego es muy halagador. El hecho de haber ejercido la Presidencia en un momento dramático para el país ha destacado de alguna manera mi presencia en la política, que por lo demás es muy antigua. Estoy en ella casi ya medio siglo, prácticamente desde que salí del colegio.

Sin embargo, muchos recién han conocido los valores que a lo largo de su vida ha mostrado. ¿Tenemos que esperar siempre situaciones difíciles como los que vivimos para darnos cuenta quienes son los verdaderos políticos que nos deben gobernar?
No lo creo. En nuestro país la gente de valor finalmente es reconocida. En mi caso no quiero exagerar las cosas, ya que logré una notoriedad excepcional en un momento de angustia y en una circunstancia de apremio político, y hay que entenderlo así.

¿Alguna vez pensó ser Presidente de la República?
En realidad, no. Tuve la oportunidad de ser el candidato de Acción Popular (AP) en el 2000, cuando era su Secretario General, pero ser postulante a la Presidencia implica muchas cosas más que desearlo. En el fondo mismo no lo deseaba, porque, entre otras cosas, hay que llegar a dicho puesto con una determinada decisión que el cargo exige, y eso lo he podido comprobar durante los ocho meses que me correspondió asumir el mando de la Nación. Por eso, para mí no es fácil admitir la posibilidad de ser candidato en el 2006. Se necesita algo más que deseos para ser mandatario del Perú.

Pero usted ya pasó por ese cargo, ¿no se siente ahora más capacitado para volver a asumirlo?
No necesariamente. Desde luego, ser presidente con el respaldo de un partido como AP es mucho más fácil que serlo sin esa ayuda. La labor de un Mandatario que pertenece a una agrupación con cierta tradición histórica es bastante más aliviada que la de cualquier otro, como es el caso del presidente Alejandro Toledo, quien llega con un partido nuevo sin esa experiencia previa de gobierno.

¿Cuál fue su primera impresión cuando asumió la Presidencia de la República?
La de la soledad. No llegué con mi partido, ni con un equipo propio. Llegué seis días después de haber sido elegido Presidente del Congreso, en un momento muy dramático, de desorden institucional y de gran confusión pública. Era un momento en el que sólo había como perspectiva la posibilidad de un fracaso frente a la falta de respaldo o apoyo que, gracias a Dios, me prestaron todas las instituciones, los partidos políticos y sobre todo el país.

¿Qué significó para usted asumir el mando del país en esa difícil coyuntura?
Ahora lo podíamos saber, pero en ese momento, no. Era una situación que no te permitía hacer ese tipo de reflexiones. Sólo había caos y confusión, y por lo tanto incertidumbre en la posibilidad de éxito en la tarea. Incertidumbre en el mantenimiento del orden y la tranquilidad pública. Incertidumbre en torno a la aceptación de la jefatura del Estado que asumía y en el comportamiento de los grupos políticos. Había que empuñar el timón y enrumbar el destino del país, encomendándose por cierto a la providencia de Dios y confiando en la generosidad del pueblo.

¿Cómo tomó su familia la designación que lo convirtió en Presidente de la República?
Con mucha angustia y preocupación, porque en cualquier familia, como es natural, ese cambio repentino de destino, de suerte, de ubicación, es muy impactante.

¿Ese cambio también fue difícil para sus amigos personales?
En realidad, no. Una cosa es la función pública y otra cosa es la amistad que no tiene porque desaparecer. Soy una persona habituada a esos cambios porque he sido Diputado y dos veces Ministro. Acceder a la Presidencia de la República es un cambio trascendental, pero eso nunca es una dificultad, ni crea problemas cuando uno sabe ejercer la función.

¿Cuál fue el momento más difícil que vivió durante su gestión?
Primero las lluvias que se produjeron en marzo del 2001 en el sur del país, las cuales fueron muy graves, y segundo el terremoto que sacudió también a dicha zona en junio del mismo año. Es en esos momentos cuando el gobernante descubre que el Poder es absolutamente impotente frente a las fuerzas de la naturaleza, y sobre todo a la escasez de recursos que te impide atender una necesidad apremiante. Ese es un conflicto espiritual terrible.

¿Podría nombrarnos una situación feliz?
El 28 de julio del 2001, cuando entregué el mando. Rendí mi informe correspondiente en el Congreso y se produjo una explosión de aprobación por parte de la gente que me emocionó muchísimo. Luego cuando salí a las calles, deseoso de volver a la vida tranquila y serena que siempre he tenido, me encontré con expresiones tan generosas de afecto y de cariño de la gente que fueron verdaderamente conmovedoras. Para mí, eso es suficiente.

¿Alguna vez el ex presidente Fernando Belaunde habló con usted sobre la gestión que realizó?
El presidente Belaunde era sumamente generoso y noble en sus gestos. Siempre me alentó, tanto en mi trabajo parlamentario como partidario, y mucho más cuando asumí la Presidencia. Desde luego, nunca le llevé problemas puesto que era una persona ya de edad avanzada y no podía abusar de su generosidad. Tenía que afrontar las cosas en cierto grado de soledad, pero yo sabía que él estaba muy cercano a mí. Cuando concluyó mi gestión, Belaunde no me ahorró elogios con la generosidad que le era característica.

¿Es difícil gobernar el Perú?
Es muy difícil, complejo, sacrificado y angustiante. Cuando se sienten los problemas de los demás como los de uno mismo, no hay sosiego en la función presidencial. Gobernar no es, como mucha gente supone, un conjunto de ceremonias y homenajes que pueden satisfacer la vanidad de una persona. Tengo la impresión que todos esos actos que aparentemente implica satisfacción de ego o vanidades, aparecen siempre nubladas por la profunda preocupación que acompaña cada minuto a la labor presidencial.

¿Qué mensaje le daría a todos los peruanos por nuestro aniversario patrio?
Que sepan distinguir a la democracia de la política. Si fracasa una determinada experiencia nacida de un gobierno democrático, no fracasa la democracia, sino la política que el gobernante pone en ejecución. Asimismo, quiero decirles que tengan fe en su porvenir. Recuerden que este país estuvo en una situaciones mucho más difíciles en 1895 después de la Guerra del Pacífico. El enemigo invasor chileno destruyó nuestras fuentes de producción y arrasó con nuestro país. Sin embargó, el Perú yacente, como diría Basadre, se levantó de su cenizas. ¿Por qué ahora las generaciones de hoy no pueden remontar esta suerte de desaliento generalizado que vivimos? Perú es heredero de una milenaria y gloriosa civilización como fue la incaica. Tiene la fuerza y el impulso histórico para salir adelante, como dice el slogan de mi partido. Estoy convencido que lo va a hacer.