Cuenta las crónicas de la colonia que allá por el siglo XVII los clérigos españoles, Biblia en mano, repetían las palabras del profeta Isaías para alabar un nombre que a los indios nativos les sonó bien extraño: Enmanuel. Los párrocos les explicaron que este apelativo quería decir en realidad “Dios con nosotros”. La degeneración fonética y el paso de los años hicieron el resto: pronto los habitantes del Cusco virreinal empezaron a llamar al Mesías con el nombre de Manuel. Era el inicio de un tradición que hoy prevalece a pesar del paso de los siglos.

En el Cusco, la imagen del niño Manuelito continúa latente entre los fieles cuando la Navidad se avecina, y su nacimiento se celebra cada año con la feria del Santuranticuy. Esta tradicional ofrenda se realiza en la Plaza de Armas. Artesanos cuzqueños y de ciudades vecinas se preparan desde seis meses antes, y ensayan sus mejores técnicas para agasajar con esculturas al niño Dios. Las creaciones son vendidas en la feria a los miles de visitantes, quienes las colocarán en los pesebres de sus casas. Una de las artesanías más valiosas es la que representa al niño homenajeado.

El niño Manuelito tiene chapas rojas y piel de indio, los brazos abiertos y una mirada pícara y sugerente. Según la tradición, no son las campanas de Belén las que presagian el nacimiento del hijo de Dios, sino las del Cusco. Los artesanos esculpen al Niño Manuelito imaginado episodios disímiles: lo ven cansado y casi dormido, pensativo y risueño, la mano en la sien como tramando ideas misteriosas. También hay Manuelitos con las manos en el suelo, gateando con la cabeza tratando de erguirse. Antiguamente, en el interior de los muñecos se colocaban joyas, pues el Manuelito debe tener “alma de oro”.

Pero el niño también oculta misterios indescifrables, que dan vida a la leyenda. A veces, en la gélida noche cuzqueña, la imagen inmóvil del Niño Manuelito empieza a parpadear lentamente, y el reflejo de sus ojos se torna vivo como un arrollo manso. Sonríe al cielo y camina con su esplendoroso atuendo hasta el portal de una iglesia, donde varios niños corren sin parar. El Niño se ensucia con ellos, su indumentaria queda manchada con cicatrices de tierra, pero él sigue jugando.

Los artesanos que ofrecen sus productos en el Santuranticuy tallan también personajes típicos de su vida cotidiana, pero de una manera muy particular. Su intención es hacer caricaturas sólidas con resortes en el cuello, representando a zapateros, abogados o maestros, burlándose se del señorial talante de hombres serios, para hacer de ellos figuras graciosas. También hay muñecos de músicos andinos, pastores y comerciantes.

Y es que la Navidad en el Cusco es una ofrenda sincera, y la tradición del niño Manuelito indica que el día del nacimiento de Dios es una fecha de ofrenda para él. Por eso, los regalos deben esperar a la Bajada de los Reyes. Mientras tanto, sólo hay buñuelitos, bombones, turrones y chocolate caliente.

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