DOS OREJAS Y RABO CORTÓ ENRIQUE PONCE EN LIMA

Texto:  Dikey Fernández Vásquez
Fotos:  Miguel Delgado V

Desde el año 1996 no se cortaba en la bicentenaria Plaza de Acho un rabo, el último fue Vicente Barrera. Pero la historia de la tauromaquia tiene muchas páginas de gloria y en ella se escribirá con letras de oro el triunfo que alcanzó el matador valenciano Enrique Ponce este domingo 26 de noviembre, al cortar dos orejas y rabo al toro de Parladé lidiado en cuarto lugar. El público de Acho estuvo totalmente entregado con el matador español, del que días antes se decía que no venía, pero llegó, torero y triunfó. Al final de la corrida dio la vuelta al ruedo a hombros de los capitalistas, saliendo así por la preciada "Puerta Grande de Lima", la que es soñada y anhelada de los toreros.

Se lidiaron seis toros españoles de propiedad de Juan Pedro Domecq Solis, con dos hierros diferentes pero de su propia casa ganadera. Los tres primeros fueron veragueños que se lidian con el nombre de "Juan Pedro Domecq", sobresaliendo el lidiado en segundo lugar, y los tres últimos con el hierro de Parladé, sobresaliendo el que salió en cuarto lugar y al que le dieron vuelta al ruedo. En general fueron bravos pero sosos.

ENRIQUE PONCE vestido de grana y oro, regresaba al viejo alber limeño después de cuatro años, y vaya como regresó, un maestro en toda la extensión de la palabra. A su primero lo recibió con lances a la verónica que se fueron diluyendo. Con la muleta el toro se rajó, Ponce intenta de todo pero es imposible. Su labor fue silenciada. El cuarto nos dejó otro sabor de boca, no empezó bien, pero el animal fue a más y así lo entendió y torero primorosamente el torero de Chivas. Los olés eran interminables. El público en medio del delirio y al borde del éxtasis taurino, se levantaba de sus asientos para aplaudir rabiosamente. Los pases son variados, con arte, temple y mando. Deja una entera que hace rodar sin puntilla. El juez ordena la vuelta al ruedo del toro y Enrique Ponce recibe las dos orejas y el rabo, lo que pasea recogiendo el cariño de la afición limeña.

DAVID LUGUILLANO quien llevaba puesto un traje negro y oro, con ese bordado especial de los exquisitos. Desde el paseíllo el público lo esperaba y él respondió en la medida de sus posibilidades con la afición de Acho. Con su primero no pudo estar mejor, ya que el de Domecq se dejó por ambos pitones, y él con ese duende agitanado, caló en el público de Lima. Los muletazos eran dignos del lienzo de un artista plástico. De no fallar con el acero pudo haber cortado una oreja. Con el quinto poco pudo hacer, a pesar que siempre quiso agradar, pero todo quedó ahí. Una vez más el toro es el rey de la fiesta y cuando éste no colabora, la tristeza embarga la fiesta. Nuevamente con la tizona no está certero. Su labor se silenció.

MANUEL CABALLERO vestía un traje de luces celeste y oro, nos demostró que es un torero entregado y poderoso, un torero que no quiere que le ganen la partida, además como triunfador del año anterior tenía la obligación de demostrarlo, pero en su lote no tuvo suerte y sus dos oponentes no colaboraron para su éxito. Es mejor analizar su faena en conjunto y rescatar del percal unas chicuelinas lentas, prietas y con las manos bajas, el llamado tercio de quites. Con la muleta es dominador, aun que para nuestro gusto no es el artista depurado que sirva de modelo a los pintores del lienzo. Intentó por ambos pitones, pofió con gran cabeza fría para obligar a que los toros embistan, pero su poder no fue suficiente. En el tercero de la tarde recibió una fuerte ovación que agradeció desde el tercio, mientras que en el que cerró plaza oyó palmas de despedida.