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HISTORIA
LA FERIA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS
En
el año 1,942 aparece por primera vez en el Perú, una
página dedicada a difundir la fiesta brava en el
diario El Comercio, diario decano del país. El primer
responsable de la página denominada “Lunes
Taurinos”; recayó sobre don Fausto Gastañeta,
personaje limeño que usaba el seudónimo taurómaco
de “Que se va...ya”, y fue él quien lanzó la
idea de dar una temporada taurina en el mes de
Octubre, dedicada al Señor de los Milagros, patrón
de la ciudad de Lima. Fallece al poco tiempo y lo
sucede en la crítica el tradicionalista limeño
Manuel Solari Swayne “Zeñó Manué”, quien
indesmayablemente batalla periodísticamente por
cuatro años, lunes a lunes, a favor de que Lima tenga
una temporada taurina en el mes de Octubre.
El
artículo de don Manuel Solari Swayne “Zeñó Manué”,
que el diario “El Comercio” publicó, fue decisivo
para la creación de la Temporada de Octubre (hoy
llamada Feria del Señor de los Milagros).
Aquí
reproducimos el artículo:
“Pocas manifestaciones públicas tan ceñidas a
la tradición, como la fiesta brava.”
Aunque
la manera de torear haya evolucionado; si ayer se
prefirió el lance con las manos altas, hoy al
aficionado le gusta mejor cuando es ejecutado con las
manos bajas - no puede decirse que el toreo haya
cambiado sustancialmente. Se mantiene, a pesar de los
años la rígida estructura de este rito popular.
Continúa permanente y depurado el clásico corte de
la
lidia. Tres tercios. No hay quien destruya el gallardo
tríptico. La verónica, la media verónica, los
puyazos, los quites, las faena de muleta y la
estocada. Algunos quites y pases han sido creados. Se
ha enriquecido el repertorio y se ha dado un matiz más
de plasticidad al arte incomparable, pero en esencia,
medularmente, sigue siendo lo mismo. La verónica, el
pase natural y el de pecho y el volapié siguen siendo
la base y el auténtico sustento de la torería.
Los
trajes, brevemente aligerados, con esa su plástica
reminiscencia goyesca, finos y luminosos, en contraste
con la violencia de la fiera (una nueva paradoja en el
espíritu ibérico) han dejado que todas las
vestimentas se ciñan a las cambiantes modas,
permaneciendo ellos como una pincelada de oro, en este
mundillo de billetes. El brindis, la vuelta al anillo,
el cortar orejas, las rechiflas y broncas, se suceden
en la Historia del Toreo, sin alterar su peculiar
emoción, sin salirse de los firmes cánones tauromáquicos.
Y
tal vez por ser el toreo tan hondamente tradicional,
sus mejores tardes armonizan en España y México;
también en ciudades y pueblos del interior de nuestro
país; con los días en los que brilla más nítidamente
el sentimiento católico de los vecinos que conmemoran
las festividades de sus santos patronos. En los
antedichos países, ibérico y azteca, existen las
llamadas Corridas de Feria. Al júbilo católico, que
lleva en hombros la imagen de su veneración se suma
el regocijo popular de las corridas de toros. La
Semana Santa en Sevilla, la Pilarica en Aragón, la
Guadalupana en México. Suenan las campanas de los
templos y suenan las ovaciones y los ¡olés! en los
críticos taurinos.
Esto
me ha hecho pensar muchas veces en la posibilidad de
crear en Lima, en esta devota y castiza Ciudad de los
Reyes, las corridas de Feria del Señor de los
Milagros, la milagrosa y popular imagen; patrón de la
ciudad-, a la que siguen miles y miles de hombres y
mujeres, con sus trajes y sus capas moradas, en un místico
peregrinaje que, además de una palpable demostración
de fe popular, es una imponente romería de exaltación
a la tradición limeña, al sabor peculiar, a la
gracia de lo autentico, a aquella emoción permanente
que sólo canta una copla; la de la verdad.
La
festividad del Nazareno de los Milagros, -su nombre de
por sí un romance sonoro y hondo, que bien merecería
afilarse y quebrarse en los angustiados labios de un
“cantor flamenco”, se celebra en Octubre. El 28 de
Octubre y el día de Cristo Rey; primer domingo de
noviembre -, el crucificado recorre las calles melancólicas
y nostálgicas de la encantadora ciudad. Estas fechas
coinciden con la primavera limeña, de días templados
y soleados en los que, cogiendo el último domingo de
octubre y los dos o tres primeros de noviembre, podrían
realizarse corridas de postín que, iniciaran la
temporada grande y en las cuales, sumándose a la mística
manifestación y teniendo en cuenta las gentes que
vienen del interior y las que seguramente vendrán con
el tiempo del extranjero para presenciar la bellísima
procesión; como acontece en otro lugares; se podría
intentar un acento limeñísimo que les diera
peculiaridad y gracia.
Sería
hermoso, por ejemplo, y esto es sólo una sugerencia,
que, desde luego, consideramos factible, que en estas
Corridas de la Feria del Señor de los Milagros,
salieran a pedir la llave dos lujosos chalanes
ataviados a la usanza criolla, en primorosos caballos
de paso. Después de muerto el quinto toro, ello es ya
casi una costumbre, una pareja debidamente trajeada,
podría bailar una marinera y la Plaza, en estos días
de Feria, podría engalanarse con colgaduras, como se
hace en otras partes, en las corridas de fuste. Y los
diestros lucirían traje morado y oro. Y el público
gozaría, no sólo con las faenas de los coletas sino,
para ver revivir, siquiera unas tres o cuatro veces al
año, un incomparable retazo de aquella personalidad
de nuestra Ciudad de los Reyes a la que, viajeros de
todos los tiempos y países, han colocado y mantienen
en la historia y cuyo sólo nombre sugiere el fino
acompañamiento de un rasgueo de guitarras, la sonrisa
de los piropos, el tintineo de sus campanarios y el
silencioso poema de las primorosas mantillas, que se
colgaran de las ventanas para dar un encanto del
misterio al clásico perfil de la villa que es cuna y
madre de la tradición hispanoamericana.
Zeñó
Manué
La
Feria del Señor de los Milagros se inauguró el sábado
12 de octubre de 1,946 (Día conmemorativo al
descubrimiento de América), constituyéndose desde
entonces en la feria taurina más importante de América,
por las ganaderías que se lidian, los diestros que
intervienen, y la solera de su afición.
En
la tarde inaugural partieron plaza tres jinetes,
vestidos: uno de campero andaluz, otro de charro
mexicano y el tercero de chalán peruano,
representando a los tres países más taurinos del
mundo y detrás de ellos las cuadrillas encabezadas
por el matador español Manuel Rodríguez Sánchez
“Manolete”, el mexicano Luis Porcuna y el
peruano Alejandro Montani “El Sol del Perú”,
quienes lidiaron y estoquearon toros mexicanos de
“La Punta”. Esa tarde la plaza registró un lleno
de bandera y asistió el entonces Presidente de la República,
don José Luis Bustamante y Rivero.
A
partir del 1,947 se empezó a premiar al diestro
triunfador de la Feria del Señor de los Milagros con
el “Escapulario de Oro”- una imagen tallada en
alto y bajo relieve en este precioso metal brillante-,
distinción que fue instituida por el empresario y
ganadero Fernando Graña Elizalde.
Para
premiar al mejor toro de la feria, recién en 1,969 se
crea la “Divisa de Oro”, la misma que a partir del
1,970 se institucionaliza como el “Escapulario de
Plata”, premio que se entrega al ganadero
propietario del mejor toro lidiado en la Feria del Señor
de los Milagros.
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