La  corrida de toros en el antiguo Imperio de los Incas se remonta a los primeros años de la llegada de los españoles y, por supuesto, no antes de que el ganado bovino importado por éstos llegara al Perú.

Ricardo Palma en un lugar de su obra “Tradiciones Peruanas” dice que la primera corrida lidiada en Lima fue en 1538 en celebridad de la derrota de los Almagristas , y en otro que la primera corrida se dio el lunes 29 de  marzo de 1540 por la consagración de óleos.

Los conquistadores españoles pusieron la planta por primera vez en aquel vastísimo imperio con el que desembarcó efectuado en el norte del Perú, al mando de Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque a principios de 1532. Aprovechó Pizarro para sus fines de conquista la lucha que sostenían los dos soberanos Incas: Huáscar y Atahualpa , hijos y herederos ambos del fallecido Huayna Cápac. Muertos los dos reyes incas avanzó Pizarro hacia el Cuzco, consolidando poco después la conquista española.

Desde el primer momento surgieron desavenencias entre los capitanes españoles Pizarro, Almagro, Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal. Duró este sombrío período hasta que, poco a poco, y por unas causas u otras fueron muriendo los protagonistas del drama. En circunstancias tan adversas era natural que la fiesta española no enraizara. Sí hubieron corridas, las que debieron ser muy pocas en los primeros años, es de suponer por el escaso ganado vacuno que había.

La lucha que los conquistadores sostenían entre sí concluyeron en 1556, con la llegada del tercer Virrey, don Andrés Hurtado de Mendoza, hombre prudente y enérgico, que pronto consigue pacificar el virreinato condenando a unos, enviando a España a otros o embarcando en la dudosa aventura de “El Dorado”, región del Amazonas, a los revoltosos e inquietos españoles que restaban.

Consignó estos hechos y esta fecha por fundamentales para el establecimiento definitivo de las fiestas de los toros en Nueva Castilla y por haber reconocido el citado virrey “los derechos que el Alguacil Mayor de esta ciudad había de llevar por la ocupación y trabajo que tenía cuando se  corran toros ... y suplicamos ahora a S.E. que de los toros que en esta ciudad corriere en las fiestas ... que el primer toro que se corriere de cada una de las dichas fiestas, sea y se dé al Alguacil Mayor de esta ciudad, atento a que él y sus alguaciles se ocupen mucho en el hacer y deshacer y guardar las talanqueras ...”, según expresa José Emilio Calmell en su libro “Historia Taurina del Perú”.

La Universidad de Lima (Hoy Universidad Nacional Mayor de San Marcos) obligaba por aquellos días a cuantos se doctoraban a costear una corrida de toros. Así se expresaba en su constitución: “Y más ha de ser obligado el que se doctorase a dar toros que se corran aquel día del grado en la plaza pública de esta ciudad.

El 27 de julio de 1622 se dio una corrida en la Plaza Mayor limeña para agasajar a un nuevo virrey, don Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar. Y en septiembre del mencionado año volvieron a correrse toros: “Se hicieron fiestas reales de toros y cañas, y se convidó al virrey, Audiencia y Universidad para que las viesen en las casas de Cabildo, cuyas galerías estuvieron ricamente colgadas y se dio colación a todos sus concurrentes y sus mujeres. Salieron a caballo muchos caballeros ricamente vestidos a lo cortesano, con rejones en mano y llevando pajes de librea ...  En las ventanas, balcones, terrados y tablados de la plaza había gran concurso de gente y se jugaron veinte toros; los caballeros hicieron algunos lances y mostraron su bizarría”.

En la época del mandato del virrey marqués de Guadalcázar se celebraban las fiestas más suntuosas que acaso se celebraron en Lima hasta entonces. Fue el motivo el regocijo por el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos. La organización corrió a cargo de los gremios de la ciudad, que procuraron excederse en el rumbo y el acierto, pues a cada uno se le asignó un día de los siete que duraron las corridas. Comenzaron los confiteros y siguieron los pulperos, los sastres, los zapateros, los plateros, los herreros y los mercaderes. Por cierto, que en ellas tomó parte, y muy brillante, el tratadista taurino don Juan de Valencia, que a la sazón se encontraba en el Perú, y dejó bien sentado que practicaba con destreza lo mismo que en sus preceptos ordenara. Su mayor éxito lo obtuvo en la última corrida, es decir, la de los mercaderes, en la que se hartó de hacer buenas suertes con los toros.

Se ha citado el nombre de Juan de Valencia por su notoriedad en la historia de la preceptiva taurina, y porque, además, debemos considerarle como el primer diestro famoso que envía el Perú a España, pues en las fiestas taurinas de la corte acreditó su competencia, siendo de los más famosos rejoneadores entre los nacidos entonces. Había nacido en Lima en 1605 y pertenecía a una ilustre familia zamorana que presumía de linaje real, como descendientes del famoso infante don Juan Manuel y don Juan de Valencia el del infante se hizo llamar nuestro limeño rejoneador.

Don Juan de Valencia el del Infante nació, pues, el mismo año que Felipe IV; que es autor de “Reglas para torear y para poderlo errar”, pues don Juan, como tantos autores de reglas de torear, unía la preceptiva a la práctica del rejoneo; que toreó en la Puerta del Sol madrileña el miércoles 2 de octubre de 1641, con motivo de la traslación de la imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso; confiesa en su citada obra, firmada en Madrid, el 26 de octubre de 1639, habitar en la Villa y Corte a partir de los catorce años de edad, esto es, desde hacía veinte años.

Es imposible hablar de cuantas fiestas de toros se verificaron en Lima durante el virreinato. Sólo nos referiremos a las más importantes o a las que, desde el punto de vista taurómaco, hayan tenido alguna significación.

En 1659 y 1660 hubieron diez funciones reales de toros por el nacimiento del príncipe Felipe, hijo de Felipe IV. Como en España estas fiestas resultaban animadas y variadísimas, pues el virrey, conde de Alba de Liste, juega cañas; intervienen caballeros rejoneadores; hay alcancía, fuegos, luminarias, pila de vino, toro con artificio de fuego por la noche; lucha de moros y cristianos; lanzada, volatín en una maroma; máscara ridícula y figuras alusivas a diversos temas. En la última fiesta, para los indios, montaron éstos en la plaza un castillo, al que rindieron tras un simulacro de lucha, y “salieron dos indios a garrochar a los toros”.

En años posteriores se verifican también fiestas de toros: el 15 de noviembre de 1667, con ocasión de la llegada del virrey conde de Lemos al puerto del Callao, se celebra una corrida en esta ciudad; el 24 de julio de 1668, otra en Lima por el nacimiento de un hijo a este virrey en la que corrieron toros ensogados.

El mismo virrey conde de Lemos escribió la relación de las fiestas celebradas en la ciudad de los Reyes con ocasión de haber sido beatificada Rosa de Lima. Esta fue una de las siete corridas de toros que se dieron por aquel entonces.

No todos los virreyes fueron amantes de las corridas. Tal fue el caso del conde de Chinchón, que en determinado momento trató de impedir su celebración, lo que dio lugar, durante el virreinato del marqués de Mancera que el Rey Felipe IV dictara una real cédula a favor de las corridas de toros.

Durante muchos años las fiestas de toros se verificaron en las plaza Mayor de Lima, cerrándose con talanqueras, tablados y barreras todo el contorno interior, con lo que quedaban tapadas las ocho calles que de ella partían. Durante el gobierno del cuarto virrey (1561-1564), don Diego López de Zúñiga, conde de Nieva, se construyeron los arcos de esta plaza y se determinó que fueran anualmente cuatro las principales fiestas de toros, autorizando un gasto en colación de ciento cincuenta pesos para cada una de ellas. Habían de darse las corridas en: Pascua de Reyes, San Juan, Santiago Apóstol y Nuestra Señora de Agosto. Además, solían celebrarse corridas a la llegada de nuevo virrey, jura o cumpleaños de monarcas, canonizaciones y con otros pretextos. Para las corridas de menos importancia, menos suntuosas, se habilitaban plazas o plazuelas que no eran la Mayor o de Armas; entre las que figuraban las del Cercado, Cocharcas, etc.

Las fiestas de toros no entusiasmaban solamente en el Perú a los españoles, sino que, al parecer, negro e indios gustaban de ellas como pasivos espectadores y también como activos toreadores. En un concilio provincial, los prelados pidieron “que no se corran toros entre indios, ni por semejante ocasión les hagan poner las talanqueras sin pagarles, y haciéndoles perder la misa en día de fiesta ...”.

En todo el siglo XVII son numerosísimas las fiestas de toros, pues la pasión no había disminuido, abundando mucho más los datos históricos.

En 1602 los dominicos organizan en la plazuela de Santo Domingo una suntuosa corrida como remate a los festejos para la canonización de San Raimundo de Peñafort. En ella tomaron parte muchos caballeros de la aristocracia limeña.

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