El 8 de enero de 1670 hubo toros y cañas; el día 27 del mismo mes cuatro caballeros clavaron rejones: don Luis de Sandoval dio un rejonazo, sacando malherido el caballo; don Manuel de Andrade puso dos rejones, despedazando al toro; don Diego Manrique atravesó el cuello del toro con un rejón, y don Cristóbal de Llanos mató tres astados, por lo que fue vitoreado. El 13 de febrero de 1672 se corren toros ensogados; el 11 y 13 de agosto de 1674 se celebran corridas en el Callao a la llegada del virrey don Baltasar de la Cueva; el 6 de noviembre del mismo año, en celebración del cumpleaños de Carlos II, se organiza una corrida de toros en la Plaza Mayor de Lima.

En 1682 el virrey duque de la Palata prohíbe “llevar toros a las cercas y plazuelas de los conventos de religiosas para correrlos”. El día 8 de diciembre de 1963 don Melchor Portocarrero, conde de la Monclova y vigésimo tercer virrey del Perú, organiza una gran corrida en la Plaza Mayor limeña para celebrar la reedificación del Cabildo, del Palacio y de los Portales de dicha Plaza Mayor, destruidos por el terremoto de 1687.

Con el nuevo siglo la fiesta de toros en el Perú comienza a tener un aspecto que, a lo largo de la centuria, evoluciona hacia el predominio del torero de a pie, pues actúan con mayo regularidad toreros profesionales; da comienzo a la edición de listas de los toros que saldrán en cada corrida, y los capeadores de a caballo, un modo de torear peculiar de este reino, trabajan en casi todas las funciones, sin olvidar los rejoneadores profesionales, que también figuran.

En octubre de 1701 se verifican en Lima fastuosas fiestas de toros para celebrar la proclamación de Felipe V. En ellas es donde aparece el primer listín o lista de los toros, antecedente del cartel, en que se consignan los nombres de los astados, las pintas de éstos y las ganaderías de que proceden: “El Gallardete, overo, de Huando; el Invencible, retinto, de Bujama ...”.

Al nacer el príncipe de Asturias Luis Felipe, después Luis I, hubo en Lima fiestas reales de toros. Con motivo de sus bodas también se celebraron varias corridas: la primera el 12 de abril, la segunda el 13, la tercera el 17, la cuarta el 19, la quinta el 21 de igual mes del año de gracia de 1723. Y aún cuando en la relación titulada “Júbilos de Lima ...”, de Peralta y Barnuevo, no aclara demasiado, parece que hubo más corridas de toros que esas cinco a las que se han aludido.

Y al año siguiente jugáronse toros también por haber sido jurado don Luis como heredero de la Corona de las Españas.

Por aquellos años se festejaron con corridas dos canonizaciones: la de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo (10 de diciembre de 1726) y la de San Francisco Solano (27 de diciembre de 1726).

El 29 de julio de 1737 se jugaron veintidós toros en el pueblo de Surco. Al concluir el primer tercio del siglo XVIII eran abundantes los toreros que ejercían en el Perú esta profesión, actuando principalmente en corridas ordinarias y hasta en los pueblos más pequeños, aún cuando en las listas de toros, donde ya figuraban por esa época las divisas de las ganaderías, no aparecen, sin embargo, los nombres de aquellos lidiadores.

 En el año de 1756 se erige en Lima la primera plaza de toros, pero de madera. Los productos de las corridas en ella verificadas estaban destinados a la reconstrucción del Hospital de San Lázaro, destruido por el terremoto de 1746, plaza que había de ser también la primera en América hecha ex profeso.

En la Plaza Mayor de Lima, y en 1760, se celebra una real fiesta de toros para festejar la elevación al trono de Carlos III. Dos años después en igual escenario, se organizan cuatro corridas como agasajo al nuevo virrey, don Manuel de Amat y Juniet, amante de la famosa Miquita Villegas “La Perricholi”.

Durante el mandato de este virrey se construiría la plaza firme de Acho, estrenada sin concluir el 30 de enero de 1766. No por ello dejaron de jugarse toros en la plaza Mayor, especialmente cuando se trata de fiestas reales, y en diversas plazuelas y hasta en el teatro. Los limeños se sentaban en la plaza a las diez de la mañana para presenciar el encierro, y no se levantaban hasta lidiados, por la tarde, los veinte toros de que solían constar las corridas de aquella época, como en Madrid o en cualquier ciudad española.

En la temporada de 1780 ya figuraban en la Plaza de Acho los nombres de los lidiadores siguientes:

Matadores: Manuel Romero, El Jerezano, y Antonio López, de Medina Sidonia.

Picadores y Rejoneadores: José Padilla, Faustino Estacio, José Ramón y Prudencio Rosales.

Capeadores de a caballo: José Lagos, Toribio Mújica, Alejo Pacheco y Bernardino Landaburu.

Tres suertes, al menos, eran privativas del toreo peruano del siglo XVIII: la suerte del puñal, la monta de toros al pelo y ensillados; y el capeo desde el caballo.

Por la exaltación al trono de Carlos IV celebráronse en la Plaza Mayor o de Armas de la capital, y durante el año de 1790, varias corridas reales. En ellas intervinieron rejoneadores profesionales, capeadores, doce toreros de a pie (cuyos nombres no se consignan en el listín), dos desjarretadores ...

Las últimas corridas del siglo son: cinco fiestas reales en 1791 para agasajar al virrey Fray Francisco Gil de Taboada, en la Plaza Mayor, con rejoneadores, capeadores y doce toreadores divididos en dos cuadrillas: la de Miguel Utrilla y la del peruano José Pizi.

Las temporadas de 1792 a 1795 se desarrollaron normalmente en Acho. Al siguiente año de 1796 hubo cinco corridas reales en la Plaza Mayor para recibir al nuevo virrey, marqués de Osorno, en las que intervinieron capeadores de a caballo, rejoneadores y matadores, banderilleros y picadores europeos, y doce toreadores del país, cuyos nombres no figuran en el cartel.

Tres corridas extraordinarias más presenciaron los limeños en su Plaza Mayor o Plaza de Armas el año de 1797, organizadas para allegar recursos con que terminar las torres de la catedral. Ese mismo año, la temporada continuó normalmente en Acho, donde desde algunos años atrás se acostumbraba echar un toro para ser lidiado por aficionados bisoños, algunos de los cuales se harían toreros profesionales.

El siglo XIX comenzó en la Plaza de Acho con la consabida temporada de diciembre – enero (1800 – 1801). Figuraron como actores cuatro capeadores de a caballo, dos rejoneadores, dos banderilleros europeos, tres matadores con espada, cinco matadores con puñal y banderilleros, dos capeadores de a pie y dos desjarretadores, innominados. Siguen figurando en los programas la lanzada, parlampanes (individuos mojigangeros), perros, y el nombre, procedencia, pinta y divisas de los toros, más un astado para muchachos noveles.

Las sucesivas temporadas en Acho se desarrollaron normalmente, a lo largo de diciembre de 1806, y organizadas por el ayuntamiento limeño, se efectuaron cinco corridas de toros en la Plaza Mayor para festejar un recibimiento: el virrey, don José Fernando de Abascal.

Cuatro corridas más, extraordinarias, se verificaron en enero de 1807, y dos extraordinarias también los días 3 y 9 de febrero, siendo estas las últimas que se efectuarían en la Plaza Mayor de Lima. En adelante, se celebrarían únicamente en la plaza firme de Acho, por cierto con muy buenos rendimientos para subvenir a las necesidades económicas que las luchas por la emancipación exigían.

Proclamada la Independencia el 28 de julio de 1821, continuaron las corridas, aunque con toreros del país y algunos mexicanos, haciéndose una sola excepción con el diestro gaditano Vicente Tirado, que durante el virreinato ya contaba con muchas simpatías, y que sigue actuando hasta 1836 en que fallece.

Con la Independencia del Perú no quedó torero español alguno en el país. Como consecuencia, las suertes de pica y banderillas desaparecen, quedando para quebrantar los toros el capeo a caballo, tradicional modo del toreo nacional.

El 7 de enero de 1849 se presentó en Lima la primera cuadrilla de toreros españoles, siendo el nombre de sus componentes tan modesto que no han dejado huella en la historia. Con esta cuadrilla resucitó en el Perú la suerte de banderillas. Y a partir de ese año ya se hace más frecuente la visita de toreros hispanos. El primer matador de cierto relieve que pisa las arenas de Acho es Gaspar Díaz (Lavi), diestro español. Se presentó el 16 de noviembre de 1851. Y en 1856 lo hizo José Lara (Chicorro), que actúo por allá hasta 1885.

Como matador, efectúo su presentación en Lima, en 1859, Ángel Valdez “El Maestro”. Este valeroso diestro ejercía la profesión con el aplauso y la admiración de todos hasta el 19 de septiembre de 1909.

En 1869 presentáronse en Lima los diestros españoles Vicente García (Villaverde) y Francisco Sánchez (Frascuelo); en 1870, Manuel Hermosilla y Francisco Díaz (Paco de Oro). Ese mismo año se hizo empresario de la Plaza de Acho don Manuel Miranda, llevando a cabo en ella una profunda reforma. Mientras las obras se efectuaban, vino a España para contratar toreros y adquirir toros. En efecto, compró seis toros y doce vacas de Veragua, seis astados de Miura, seis de Colmenar, doce de Mazpule y seis de Navarra. Como tenía el propósito de fundar una ganadería brava, adquiere la finca de Cieneguilla, en el valle de Pachacámac. Traslada a ella un semental y más de cien vacas compradas a la acreditada ganadería del país, la “Rinconada de Mala” y otras hembras de diferentes ganaderos peruanos. Esta torada desapareció años después en la guerra sostenida entre Perú y Chile.

En el transcurso del siglo XIX las corridas sufrían una seria transformación, hasta ejecutarse totalmente como en España, pues desaparecen los “capeadores de a caballo”, imponiéndose los picadores. Decir que casi todos los toreros españoles han toreado en Lima parece una exageración; sin embargo, no lo es.

Desde 1871 trabajan en Acho, entre otros, Julián Casas (El Salamanquino), Gonzalo Mora, Cúchares de Córdoba, Gerardo Caballero, Ángel Fernández (Valdemoro), José Ponce, Ángel Pastor, Cacheta, Rebujina, José Machío, Cayetano Leal (Pepe – Hillo) y en 1891, Cuatro Dedos, que gusta muchísimo por la maestría con que ejecuta las suertes. Al año siguiente regresó Cuatro Dedos al Perú llevando consigo cuatro sementales de Miura, dos de los cuales consiguió vender a los ganaderos don Vasco Fernández y don Federico Calmet. Hasta la conclusión del siglo pisan todavía el ruedo de Acho algunos banderilleros y espadas españoles. Entre estos últimos: Manuel Nieto (Gorete), José Villegas (Potoco), José Pascual (Valenciano), Juan Antonio Cervera, Francisco González (Faíco) y Antonio Escobar (El Boto).

En 1901 se presentaron en Lima los diestros Bonarillo y Capita, ese mismo año regresa de España el picador Faíco con cuatro sementales españoles, que adquieren ganaderos peruanos.

El 22 de febrero de 1902 torea Ángel Valdez su penúltima corrida, pues por enfermedad no vuelve a lidiar hasta 1909, en que se retira.

En la cuadrilla de Manuel Molina (Algabeño Chico) hizo su presentación en Lima  (13 de abril de 1902) el famoso piquero madrileño Manuel Martínez (Agujetas), a quien se debe definitivamente la implantación en el Perú de la suerte de varas.

Más presentaciones: Antonio Olmedo (Valentín) y Ángel García (Padilla), en 1903: Juan Sal (Saleri), en 1904: Guerrerito, en 1905: Vicente Pastor, en 1906: Lagartijillo, José Machío Trigo, Lagartijillo Chico, en 1907: Cocherito de Bilbao, y en 1909: Platerito.

Es necesario destacar que el domingo 19 de septiembre de 1909 se despidió en Lima, Ángel Valdez “El Maestro” matando de una magnífica estocada un toro de seis años que no había sido picado. Contaba a la sazón setenta años de edad, no andaba muy bien de salud y cumplía cincuenta años como lidiador. Fallecería el 24 de diciembre de 1911.

Los diestros que por sus actuaciones destacaron en los años siguientes fueron: Agustín García (Malla), Rodolfo Gaona, cuyas faenas se calificaron de memorables e imposibles de superar, José Gárate (Limeño), José Gómez Ortega (Gallito o Joselito) y Juan Belmonte.

En 1918 se jugaron por primera vez toros del cruce español de Veragua vacas de “El Olivar”. En la temporada de 1919 –1920 toreó “Joselito” varias funciones, en las que salió a bronca por corrida; igualmente, “Chicuelo” en la de 1921 – 1922, con un fracaso rotundo. Sin embargo Rafael Gómez “El Gallo” frente a fracasos, obtuvo éxitos de clamor. Marcial Lalanda (1927 – 1928) demostró cuanto valía; Antonio Cañero quedó muy bien a caballo y a pie (1929 – 1930); Julio Mendoza, venezolano, toreó entre grandes aplausos (1934); Niño de la Palma también gustó (1934 – 1935).     

En 1946 gracias a la primigenia idea del crítico del diario “El Comercio” don Fausto Gastañeta “Que se vaya” y la gestión de su sucesor, el no menos afamado crítico taurino Manuel Solari Swayne “Zeñó Manué”, se crea la importante Feria del Señor de los Milagros, que hasta la fecha existe, y que, desde entonces han pasado por Lima, como siempre, las principales figuras de la coletería mundial, así como también las más prestigiosas ganaderías del planeta taurino. Dando por descontado el éxito de los torero peruanos y del ganado nacional.

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