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A mediados del siglo XVII, Lima seguía siendo una ciudad
pequeña, con una población de apenas 35 mil
habitantes, cuyos límites los marcaban huertas y conventos.
En ese entonces, la capital demostraba una profunda religiosidad,
reflejada en sus numerosos monasterios e iglesias.
La población,
que discurría entre dos extremos, opulencia y religiosidad,
también vivía atemorizada por dos circunstancias:
los ataques de piratas y
los terremotos que sacudían a la ciudad. Después
de cada fuerte movimiento telúrico, la población
volvía la mirada y el pensamiento hacia Dios. Esta
circunstancia dio inicio a una de las manifestaciones católicas
más grandes del mundo occidental: el culto a la imagen
del Señor de los Milagros.
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