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Mural de Pachacamilla | Inicio de un Culto | Casi borran la imagén | Primera capilla | La Procesión
 

CASI BORRAN LA IMAGEN

En uno de sus recorridos por los alrededores de Pachacamilla observó el devoto mural, e instantáneamente le inspiró una gran devoción. Buscó quien le informara sobre su origen, encontrando como respuesta la historia del esclavo angoleño. De inmediato limpió el lugar, retirando todos los desechos de los alrededores. Luego construyó un rústico cobertizo para proteger la pintura y un poyo (mesa de adobe) donde las personas caritativas dejarían cabos de velas de sebo y flores.

Poco a poco, gracias a los cuidados y el fervor de Antonio, muchos volvieron sus ojos y oraciones a la sublime figura del Cristo Crucificado ahí plasmada.

La devoción crecía según se tenía conocimiento, y nuevamente el lugar era visitado por fieles que le rendían culto. Pachacamilla empezó a revivir con esta manifestación de fe.

Con el transcurso de los días la concurrencia se multiplicaba. Antiguos habitantes de esta zona, entre ellos uno que otro miembro de la desaparecida hermandad, volvieron a visitar la imagen.

Poco más de cinco meses duraron estas manifestaciones, hasta que el sacerdote de la parroquia de San Marcelo, José Laureano de Mena, tras observar una disminución de su feligresía, fue informado de los hechos que se suscitaban en el barrio de Pachacamilla. De inmediato solicitó a la autoridad civil y eclesiástica autorización para borrar la imagen, bajo el pretexto de que en ese lugar los negros realizaban actos reñidos con la ortodoxia católica.

El pedido fue atendido por el virrey, conde de Lemos, y por el Provisor y Vicario General, Esteban de Ibarra, quien el 3 de setiembre de 1671 emitió un auto, indicando que el promotor fiscal del Juzgado Eclesiástico, José de Lara y Galán, el cura Mena y el notario eclesiástico, Juan de Uria, debían apersonarse hasta el lugar para averiguar y certificar lo que sucedía.

Informado de la situación en Pachacamilla, Ibarra expidió un segundo auto. En éste ordenaba que "por justas causas del servicio de Dios se excusaran las juntas y congregaciones que los devotos solían hacer en el corral de Pachacamilla, por la indecencia con que parece se procedía en ella", se borrara la imagen y demoliera el poyo (mesa de adobe) que se había construido a manera de altar.

El mandato fue cumplido en los días siguientes. La misma comitiva acompañadas por un pinto, el capitán de la guardia del virrey y dos escuadras de soldados, regresaron a la ramada dispuestos a cumplir la orden. Frente a la imagen, José Lara y galán ordenó al pintor borrar la efigie. Sin embargo, el hombre no pudo hacerlo porque de inmediato sufrió un desmayo. Al reponerse volvió a subir las escaleras, pero quedó maravillado al ver de cerca el rostro de Jesucristo. Decidió entonces bajar y excusarse porque no cumpliría con el trabajo.

La comitiva buscó otro pintor que al intentar cumplir la misión fue objeto de desmayos, desistiendo finalmente de borrar la imagen. Lo mismo sucedió con una tercera y hasta cuarta personas. Paralelamente a estos intentos el cielo se ensombrecía y empezaba a llover. Tal circunstancia fue interpretada como una reacción negativa del cielo ante los intentos de la comitiva eclesiástica. El virrey finalmente suspendió la orden de destruir el mural.

El hecho, milagroso para los devotos, se conoció de inmediato por toda la ciudad. De los cuatro puntos de Lima empezaron a llegar hombres y mujeres para orar ante la santa efigie.

No fue sino hasta el 14 de setiembre de 1671, fiesta de la Exaltación de la Cruz, que los devotos de Pachacamilla realizarían la primera misa ante la imagen.

Fuente: Municipalidad de Lima