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LA
PRIMERA CAPILLA
Las autoridades
eclesiásticas nombrarían a Juan de Quevedo
y Zárate como el primer mayordomo encargado del
culto. Una de sus primeras acciones fue adquirir, el
17 de diciembre de 1671, los terrenos donde estaba la
ermita, propiedad de Diego Tebes Montalvo Manrique de
Lara y Cepeda, para la edificación de una capilla.
Esta construcción fue muy rudimentaria, sólo
de esteras y adobe.
Para
entonces la pare de adobe, donde veinte años
atrás el esclavo africano plasmó a Cristo
Crucificado, se encontraba bastante deteriorada. Existía
el peligro inminente de venirse abajo. Para evitar cualquier
riesgo, el virrey Conde de Lemos ordenó a fray
Diego Maroto, maestro mayor de alarifes, y a Manuel
de Escobas, el mejor arquitecto de la ciudad, proteger
y asegurar el muro.
Pese
al sumo cuidado con que hicieron el trabajo, cayeron
los adobes donde se encontraban las imágenes
de la Virgen y María Magdalena. Sin embargo un
nuevo milagro hizo que el Cristo Crucificado no sufriera
daño alguno.
Pero
sería el cuarto mayordomo Sebastián de
Antuñaño, quien consolidaría el
culto y haría realidad el anhelo de los devotos
al construir una capilla dedicada al Cristo Crucificado.
Para
ello adquirió, con su propio peculio, los terrenos
de Diego Tebes. Dos largos años (1684 -1686)
tardaron estas negociaciones, entrampadas en repetidas
ocasiones por Tebes, quien solicitaba más dinero
de lo que en realidad valían esas tierras. También
compró otras casas y terrenos colindantes que
pertenecían a los conventos de Santo Domingo
y la Merced.
Antes
de remodelar la capilla y construir tanto la sacristía
como las habitaciones necesarias para su custodia, Antuñaño
limpió la zona del antiguo muladar.
Todavía
el lugar era afeado por un matadero de reses, que fue
posteriormente trasladado. Con lentitud avanzaba, también,
la fábrica de la capilla costeada por las limosnas
de los devotos que crecían en número.
Fuente:
Municipalidad de Lima
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