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Multitud y esperanza

De pronto, el fuerte olor del incienso y la mirra me avisaba que andaba cerca de lo que tanto me habían hablado. El gentío crecía a medida que me acercaba al Jirón Chancay. Fue difícil cruzar la soga de seguridad que separa a los fieles seguidores de la sagrada imagen. Un carnet de prensa me permitiría pasar entre la gente y la fría mirada de los policías.

Una vez dentro de la procesión, y aturdida por la multitud que pugnaba por acercarse a la imagen, esta cronista comenzó a percatarse de las "sahumadoras", mujeres que con cierta gracia mueven de un lado a otro sus incensarios. Algunas, desesperadas, volvían a poner carbón dentro de los braseros, ya que no cabía la posibilidad de que se apagase aquel aromático sahumerio que iba invadiendo el ambiente, y que según me explicó doña Berta servía para limpiar el camino por donde pasaría el Gran Patrono de la Ciudad.

Con su típico hábito morado, dos cordones blancos amarrados a la cintura y una mantilla de igual color, ellas van elevando al cielo -con aquel aroma particular- las plegarias de quienes con devoción se acercan cada octubre al Cristo Morado.

Poco a poco, la multitud nos iba llevando hacia atrás, entre empujones y el apiñamiento de la gente. Sin darme cuenta, me encontraba ya con las "cantoras", quienes a pesar del frío y del humo del incienso entonaban a toda voz y a capella las más variadas canciones "para alabar al Señor".

Por momentos, la ex jefa del grupo requintaba a sus compañeras, quienes se desconcentraban con la multitud y el bullicio. "Ya no hablen, pues...", les gritaba con cierta amargura doña Luisa.

Todas guardan en silencio un milagro personal del Cristo de Pachacamilla. Sonia, miembro del grupo de cantoras desde hace 47 años, dice que a pesar de la edad, aún cuenta con la voz necesaria para cantarle al Cristo Milagroso. "La vida se la debo al Señor", recalcó un poco apurada, ya que sus compañeras entonaban nuevamente una canción y ella debía acompañarlas.

Entre empujones y pisadas, como desde hace 50 años, Alberto viene haciendo la novena. Al miembro de la Hermandad de los Milagros ahora lo acompaña su hijo de apenas nueve. "Es la primera vez que viene, es su primer hábito", comentaba con alegría. "Espero que le dure, así lo podrán usar también sus hermanos".

Eran ya las tres de la tarde y la gente seguía llegando. Las rejas de las tiendas que se encontraban alrededor del Jirón Chancay comenzaban a servir como "palcos" para los feligreses que buscaban cualquier forma de poder ver al Cristo Morado. Ya no sólo las rejas eran copadas por personas de edad, sino también por niños, quienes comenzaron a imitar a sus padres al treparlas con alegría.

"Agárrate fuerte que ahí viene el Señor", decía un padre. Las pequeñas manos del niño se sujetaron cada vez más fuerte. Su padre lo agarraba de una mano, ya que la gente seguía apiñándose en la vereda. Nuevamente todos comenzaron a empujar. Así prosiguió el recorrido de la imagen, lento pero seguro, con vaivenes y empujones, todos movidos por una sola fe, por un solo sentir, el sentir de la esperanza.

Texto: Dianna Bazalar
dianna.bazalar@interlatincorp.com