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LAS
TURRONERAS
"!Turrones!
¡Turrones! los más sabrosos turrones...",
era el pregón característico con el que
cada día se anunciaba la turronera por las calles
de la antigua Lima. Según Ricardo Palma, los
turroneros formaban parte del panteón de personajes
coloniales que incluso perdura hasta nuestros días.
Su golosina fue precursora del famoso "Turrón
de doña Pepa" que desplazó a todos
los anteriores y desde entonces aparece asociado con
la procesión del Cristo de Pachacamilla.
Turrones
y turroneros sólo eran vistos en los días
de procesión. Pero esa exclusividad sólo
perduró hasta hace unas décadas. Hoy los
limeñísimos turrones de miel y caramelos
se expenden todo el año, si bien su consumo masivo
sigue dándose en la temporada de octubre, cuando
siguen la procesión unas carretillas donde los
turroneros colocan su exquisito manjar.
Pero,
existió realmente doña Pepa? Algunas versiones
refieren que fue una cocinera morena casada con un señor
de apellido Cobos, antiguo empleado de la Beneficencia
Pública. Su verdadero nombre habría sido
Josefa y era especialista en preparar "piqueos",
por lo que se hizo infaltable en las famosísimas
corridas de la Bomba de Lima, donde preparaba sus sabrosos
picantes.
Pero
por si fuera poco, también tenía habilidad
para elaborar sango, ñaju y chicha. Inmortalizó
su nombre con unos originales turrones de harina de
trigo, manteca, huevo y miel. Después de ella
se han sucedido muchos turroneros, pero ninguno con
la habilidad innata de aquella legendaria Josefa Cobos.
Otra
de las historias cuenta que la dulcera se llamaba Josefa
Marmanillo, una esclava que alcanzó todavía
la época colonial y destacaba como buena cocinera.
Cierto día sintió que comenzaba a ser
afectada por una lenta parálisis que le impedía
desempeñar sus quehaceres cotidianos.
Entonces
ofreció al Cristo Moreno seguir de rodillas su
procesión si la liberaba de ese mal. No habían
pasado muchas cuadras de recorrido cuando empezó
a recobrar su antigua agilidad. Ante el milagro, lloró
emocionada y ofreció sus esfuerzos al Señor.
Esa noche,
Josefa habría soñado con la receta del
misterioso manjar. Al levantarse a la mañana
siguiente, preparó la nueva fórmula, distinta
de los turrones que venían de España e
Italia. Lo llevó al atrio de las Nazarenas y
lo repartió entre los pobres. Año tras
año siguió cumpliendo su promesa. Después,
cuando sus amos la libertaron, Josefa abrió una
dulcería donde vendía su especial potaje,
que los limeños bautizaron como "el turrón
de doña Pepa".
Una tercera
historia cuenta de una negra liberta, conocida por sus
virtudes en la elaboración de dulces criollos.
Una tarde de octubre de 1800, ella se postró
bajo las andas de la imagen del Señor de los
Milagros, rogándole que le conceda la gracia
de curarse de una artritis que afectaba sus manos. El
milagro fue concedido y en señal de gratitud
doña Josefa preparó el famoso turrón,
según un sueño inspirado.
Al poco
tiempo toda la ciudad lo había preparado y cada
dulcera le agregaba nuevos ingredientes. De la harina,
manteca y chancaca se pasó a la mantequilla,
el anís, el ajonjolí, la yema de huevo
y otros productos, guardando cada repostera el ingrediente
secreto que le daría su exquisito sabor.
Fuente:
Municipalidad de Lima
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