PASAJERO
EN TRANCE
Miki González, un rockero ochentero regresa
convertido en un dj del nuevo milenio con su nuevo
disco electroacústico: "Café
Inkaterra"
Por
ÓSCAR TORRES CANALES
Rew.
Stop. Rec. Te apunto con la grabadora. Te callas.
Intentas sonreír. Miras un perro labrador
que juega con su dueña, dando volteretas
y sacando su enorme lengua de felpa, mientras
estira las patotas en busca de un poco de cariño.
"Que bacán, un amigo tenía
un perro así", recuerdas.
No quieres demostrarlo, pero estás harto
de que la fotógrafa no deje de hacer click
con su cámara para retratar tu rostro de
muchacho cincuentón. Te sientes en el medio.
Encerrado. Y entonces me doy cuenta que deberé
lidiar con tu recelo, en busca de aquél
muchachón greñudo y reilón,
que solía extraviarse en los recovecos
de ébano de El Carmen, en Chincha.
Pero la nostalgia está de más. Por
eso lanzo un dardo en medio de lo que podríamos
denominar un round de estudio. "¿Qué
se siente el anonimato de estos últimos
años?", golpeo con un swing de izquierda,
en alusión a tu alejamiento temporal de
los escenarios. "Bacán, repones, no
tengo que ir con guardaespaldas a ninguna parte,
pero igual la gente te pasa la voz".
Has esquivado el golpe con la pericia de los boxeadores
duchos en las buenas y malas artes del pugilato.
Sabes que ese distanciamiento repentino terminó
de sopetón con "Café Inkaterra".
Un disco único en su especie, exquisita
fusión de música electrónica
con ritmos andinos y amazónicos.
"¿Qué es chill out?",
arremeto para arrinconarte contra las cuerdas.
(Sé que la definición de ese género
musical explica la quietud que ocultas tras ese
pantalón desgastado de corduroy, el cabello
cortísimo y blanco, los zapatos enormes
y el perfil de payaso que construyen una imagen
divertida de ti mismo).
"A diferencia del trance o el house, el chill
out es una música evasiva, para escuchar
'tranqui' y que te permite evocar espacios mentalmente
o viajar a sitios increíbles a través
del oído", comentas en un súbito
arranque de locuacidad. ("Ah, ok", pienso,
"ganaste este round por puntos").
Pero son doce asaltos y no pienso darme por vencido
tan fácilmente. A menos que exista un knock
out o una descalificación de los jueces.
Suena la campana: "Tú que has hecho
fusiones con jazz, afro, rock e incluso huayno
¿Acaso estás buscando tu identidad
musical todavía?". Silencio en el
coliseo.
La duda ofende. Se te nota. "Siempre hice
la música que quise, lo que me preguntas
no tiene importancia". Luego suena tu teléfono
celular, dudas en contestar. Llamada perdida.
Digitas unos cuantos números. Era tu esposa:
"que los niños, que la fiesta, ya
ok, te llamo luego, estoy en una entrevista".
Volvemos a lo nuestro. Al fin admites algo. Que
la música electrónica terminará
por imponerse o absorber a los demás géneros
musicales. Y el rock, para tal efecto, te podría
servir como género trasgresor o contestatario
pero no como una forma de expresión lo
suficientemente innovadora ni estéticamente
provechosa.
"Podría juntarme con una gente y hacer
mucho ruido, para denunciar un montón de
cosas que están mal, pero no es el momento",
añades para aclarar el concepto. ("Qué
pena, flaco, gané por dos puntos de diferencia
como mínimo", pienso en un primer
momento.) Pero luego esa presunción pierde
consistencia.
Has dejado atrás el río revuelto
de tu vida para vivir a plenitud una etapa de
sosiego. No queda mucho de ese rockero medio subte,
medio fresa, medio rasta que a veces se extraña
en la escena. "¿Qué pasó
contigo?", me pregunto, a mitad de la contienda,
mientras posas con desgano para las últimas
fotos.
"El mundo interior de las personas no lo
puede saber nadie, a veces ni uno mismo",
exclamas como si leyeras mi mente. Caramba. Golpe
bajo. Los años pesan. Y los jueces, como
si estuvieran sometidos a los caprichos de Don
King, parece que te darán el triunfo por
unanimidad.
Ahora eres un tipo que duerme poco, que apenas
escucha rock local -Libido, D'mente Común,
La Sarita-. Sutil evocador de amistades imperdibles,
como la de Charly García. Y admirador confeso
de la parafernalia vanguardista y electrónica
de Cerati, mientras reinventas éxitos del
pasado en tu computadora.
La logia de negros sabios como "Chocolate"
Algendones, la familia Ballumbrosio y Caitro Soto,
con quien pretendes grabar un disco que fusione
música electrónica y afroperuana,
aún te acompañan como tenues sombras
en el sendero plagado de consolas, mezclas e interminables
sesiones rave.
Esa misma eficacia es un código de barras
en los ocho temas de "Café Inkaterra".
Desde el huayno "Danza del agua-Tusuy Puquio"
y el sicuri "Altiplano-modesto sicuri",
por ejemplo, que destilan una eficaz mixtura de
tradición y modernidad. Suena la campana.
Y ni cuenta de que llegamos al último round
entre algodones.
"Ahora paso mucho tiempo en casa, soy fanático
de Bob Esponja (un dibujo animado del cable) y
aprovecho para compartir con mis hijos -tres pequeños
menores de 10 años, con la actriz Celine
Aguirre- con quienes salimos a pasear y divertirnos
como cualquier familia, aunque su mamá
les da mucha comida 'chatarra'. Puro Burker King
y Kentucky".
No quieres que se dediquen a la música,
sino que trabajen para una empresa y reciban su
cheque cada fin de mes. Esta confesión
off the record, al abandonar lentamente el parque,
podría ser fulminante. Si en el box la
justicia existiera, habría vencido por
descalificación o porque tiraste la toalla.
El perro labrador que al inicio de la charla no
dejaba de moverse, ahora duerme plácidamente
sobre el césped, mientras su dueña
le acaricia la panza. Se diría que extraña
el jolgorio, mover la cola, ladrar a discreción,
olisquear las flores. Pero está contento
como nadie y feliz de ya no estar solo.
Quizás eso pasó contigo, ahora que
te convertiste en el padre de familia y el esposo
que debe lidiar con las exigencias que trae consigo
la vida artística. Y lo aceptas con serenidad,
caray. Qué cosas que tiene la vida, chico.
Entonces descubro que sigues siendo el mismo,
y que quienes cambiamos fuimos nosotros. La campana
suena por última vez. Levantas las manos
en señal de triunfo. Knock out.
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