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"La
Capilla Sixtina de los Andes"
La iglesia de Andahuaylillas
Andahuaylillas
es un encantador poblado a unos treinta y cinco kilómetros
al sureste de Cusco. Su suelo es alimentado a lo largo
del año por las aguas del sagrado Vilcanota.
Texto: Stephen Light
La joya de Andahuaylillas
es la Iglesia de San Pedro, concebida por los jesuitas
y construida en el siglo XVII.
Su simple pero admirable fachada mira a través
de la plaza principal, hacia el valle del Vilcanota.
Fuera de la iglesia se ubican tres cruces de piedra,
cuyos podios representarían la antigua chakana
o cruz andina, o quizá tres apus, o dioses de
la montaña.
Popularmente conocida como la Capilla Sixtina de las
Américas, la iglesia es famosa por sus maravillosos
murales y el rico tesoro pictórico que ostenta.
Uno avista primero los murales en la pared sobre la
puerta principal donde flores azules y rojas luminosamente
pintadas y de una belleza rústica, decoran el
balcón exterior.
Pero es solamente al entrar donde se revela todo el
esplendor rústico-manierista. Un cielo raso estilo
mudejar, íntimas capillas laterales y un arco
triunfal que lo divide del presbiterio. Sus paredes
están cubiertas con una serie de pinturas de
diversos temas religiosos cuyos marcos, de hojas doradas,
parecen fluir hacia el altar mayor, cubierto en oro
de veinticuatro quilates.
El propósito original de la iglesia de Andahuaylillas
fue, obviamente, el de evangelizar a la población
indígena del valle. Es por esa razón que
los murales que cubren las paredes de la nave contienen
tales imágenes.
Dos murales en cada lado del portal mayor describen
los senderos hacia el cielo y el infierno. La Iglesia
se dirigía a los feligreses con imágenes
debido a que la mayoría no sabía leer.
Pintadas por Luis de Riaño, el gran maestro del
siglo diecisiete, cuya obra puede ser apreciada a través
de toda la iglesia, las palabras del bautizo aparecen
en no menos de cinco idiomas: latín, español,
quechua, aymara y el ahora extinto pukina.
Quien encomendó la decoración de la iglesia
a Luis de Riaño fue el cura español Juan
Pérez de Bocanegra. Su imagen puede ser vista
en el púlpito, arrodillándose ante San
Pedro, en esta iglesia que debe su existencia tanto
a su celo evangélico como a su buen ojo artístico.
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