| ORIGEN
DE LAS CORRIDAS EN EL PERU
Los
conquistadores españoles, junto con
su idioma y su religión, trajeron
a la América sus usos y costumbres,
y entre ellas, claro está, las corridas
de toros. Así pues, éstas
comenzaron a celebrarse en el Perú
a los pocos años de haberse instalado
los conquistadores.
Los conquistadores
españoles con Francisco Pizarro a
la cabeza del grupo, fundó la ciudad
de Lima el 18 de enero de 1535, la que fue
desde entonces, capital importante en el
virreinato que tuvo la corona española
en tierras de América. Siendo la
ciudad de Lima, la capital preferida por
los españoles, es natural que fuera
en el Perú en donde primero se celebraron
corridas de toros, y donde arraigo tomaron,
pues por aquel entonces los españoles
no celebraban ningún fausto acontecimiento
sin que se corrieran toros.
Por otra parte, los naturales y los mestizos
acogieron con creciente entusiasmo esta
magnífica fiesta de vistosidad sin
igual, y la afición fue creciendo
rápidamente, y de Lima se extendió
a todo el territorio del Perú, y
aún más lejos llegando a otras
audiencias de esa época.
Al instalarse
en Lima los conquistadores procedieron a
traer de la Madre Patria, todo cuanto pudiera
hacerles falta, se trasladó naturalmente
el ganado vacuno, desconocido en América,
así como el ganado caballar. Abundaba
en España por aquellos tiempos el
ganado bravo (recién en proceso de
selección), entre él que se
importó, llegaron seguramente algunas
reses de esta característica, con
la que se inició en los alrededores
de la ciudad de Lima la cría de ganado
bravo, en sus comienzos los propietarios
criaban el ganado vacuno para el consumo,
pero al verificar que tenían algunas
reses bravas y habiendo ido creciendo la
afición a las corridas de toros,
fueron poniendo más esmero en seleccionar
el ganado que habían de destinar
a las corridas de toros.
Según
don Ricardo Palma cuenta en su libro Tradiciones
Peruanas que la primera vez que se
corrieron toros en el Virreinato del Perú
en la Plaza Mayor de Lima el 29 de
marzo de 1540, fecha en que se jugaron tres
toretes de las llamadas lejanas tierras
de Maranga (actualmente es una Urbanización
dentro de Lima Metropolitana), y según
la descripción narrativa se dice
que en ésta fiesta actuó como
lanceador (una especie de rejoneador que
mataba al toro con una lanza) el conquistador
don Francisco Pizarro, aunque hay quienes
afirman que quien actuó esa tarde
fue su hermano Hernando Pizarro, hombre
robusto y más joven que gozaba de
ser un eximio caballista del virreinato.
En los primeros
años, debido en primer lugar a la
falta de ganado, puesto que se estaba iniciando
la cría de vacunos para el consumo
de la población y luego debido también
a las luchas entre los propios conquistadores
(Pizarrista y Almagristas), parece ser que
no se celebraron corridas entre 1544 y 1554,
pero si se registra que en 1556 el marqués
de Cañete, tercer Virrey del Perú
dicta disposiciones sobre la celebración
de estas fiestas taurinas, las cuales tenían
lugar en la Plaza Mayor, como la celebración
de determinadas festividades religiosas,
celebración a la llegada de los virreyes,
el matrimonio de los Reyes de España,
el alumbramiento de algún heredero
del trono, u otras ligadas al ámbito
social de esa época. El Cabildo destinó
oficialmente 4 días de cada año
para las corridas de toros, y desde 1559
estos festejos se verificaron en las siguientes
fechas: Día de la Epifanía
o Pascua de Reyes, el Día de San
Juan, el Día del Apóstol Santiago
y finalmente el Día de la Asunción.
Las corridas
de toros en Lima tuvieron que sufrir una
variación en su ejecución
por un pedido del clero, no pudiéndose
celebran en domingo ni en día de
fiesta religiosa, verificándose por
lo regular los lunes, los días posteriores
o anteriores al día festivo, pues
era tanta la afición que había
por las corridas de toros, que muchas personas,
a pesar de ser muy religiosas, faltaban
a la misa, por asistir a las corridas, ya
que en aquel tiempo se llevaban a cabo por
las mañanas el encierro del ganado
(los toros eran trasladados del campo hacia
unos corrales instalados detrás de
la casa del Virrey muy cerca de la Plaza
Mayor de Lima), y se corrían cinco
o seis toros, luego en la tarde eran 19
ó 20 los toros que se jugaban.
Para estas
fiestas se construían palcos y tabladillos
en todo el contorno de la Plaza Mayor de
Lima, aprovechando los arcos de los portales
y las gradas de la Catedral y los organizadores
hacían derroche de fastuosidad. Estos
organizadores eran: El Cabildo en primer
término, y luego Los Gremios de zapateros,
plateros, curtidores, carpinteros, etc.
(organismos instituidos para participar
y tener representación en el cabildo),
y también Los Estudiantes alumnos
del Convictorio de San Carlos (Universidad
Nacional Mayor de San Marcos), pues existía
la costumbre de quien recibía el
grado de doctor en la Universidad tenía
que ofrecer una corrida de toros a la comunidad
limeña como un agradecimiento por
su enseñanza.
En las corridas
de toros que se celebran en tiempos del
virreinato no se anunciaba el nombre de
los toreros y si el número de ellos,
tanto de rejoneadores, como de picadores
y de toreros de a pie, entre los que figuraban
los llamados Parlampanes (especie
de payasos que entretenían al público
con sus gestos y piruetas, no eran toreros
bufos propiamente dicho). En cambio se anunciaba
el nombre, color y procedencia de cada uno
de los toros que debían lidiarse,
tanto en la mañana como en la tarde.
No existía
desde luego ganaderías de reses bravas
propiamente dichas en el siglo XVI, pero
eran muchas las haciendas que tenían
ganado bravo, y de ellas se surtían
los organizadores de las corridas. Sus propietarios
rivalizaban en presentar lo mejor y fueron
así tomando interés en seleccionar
su ganado y se formaron así las primeras
ganaderías, aunque en forma rudimentaria,
y que sólo después de proclamada
la Independencia del Perú, es cuando
se puede decir que hubo verdaderas ganaderías
de reses bravas.
Durante todo
el tiempo que duró la dominación
española, en las corridas de toros
se daba mayor importancia a los rejoneadores,
y en algunas celebraciones o fiestas de
las llamadas Reales se presentaban
como rejoneadores algunos de los más
distinguidos caballeros de la nobleza.
En las Corridas
Reales existían también Corredores
de Llave, que fueron los que dieron
origen a los actuales Alguacillos, quienes
salen antes de que las cuadrillas hagan
el paseo, para simular que solicitan y reciben
las llaves para abrir plaza. En ocasiones
con motivo de las Corridas Reales en el
Virreinato del Perú, había
la costumbre de entregarle al Corredor
de Llave una de oro macizo, la cual
era obsequiada al Virrey, quien presidía
estas fiestas y muchas veces tomaba parte
en el despeje y aún más Rompía
Cañas (hacer el primer brindis
con otros nobles).
La ciudad
de Lima se construyó en la margen
izquierda del río Rímac, de
donde según parece, se derivó
su nombre actual, pues fue fundada con el
nombre de Ciudad de los Reyes, pero posteriormente
el nombre del río influyó
en que se le conociera más con el
nombre de Lima, que provino de la deformación
de la palabra Rímac. Lima creció
rápidamente construyéndose
gran número de iglesias y conventos,
y casi siempre delante de cada Iglesia se
dejaba un espacio destinado a una plazoleta,
y en muchas de estas plazuelas, se verificaban
también corridas de toros menores,
organizadas casi siempre por los mismo religiosos,
para festejar conmemoraciones de la Iglesia,
llegando a hacerse tan frecuentes estas
fiestas que en 1682 el Virrey, Duque de
la Palata, expidió un decreto prohibiendo
que en las plazuelas existentes ante los
conventos de religiosas se celebraran corridas
de toros.
No sólo
en la capital se celebraban en aquellos
tiempos corridas de toros, pues en muchas
otras ciudades y pueblos del Perú,
hasta en haciendas en donde había
ganado bravo se celebraban las fiestas con
dicho espectáculo, y tanto incremento
tomó la afición que los gobernantes
se vieron obligados a dictar decretos especiales
reglamentando las corridas y hasta prohibiéndolas
en algunos casos, pues como entonces existía
la esclavitud y los infelices esclavos sólo
representaban para sus dueños una
determinada suma de dinero, según
parece muchos patrones obligaban a sus esclavos
a que se adiestraran en el arte de lidiar
reses bravas.
Años
después de la fundación de
Lima, empezó a poblarse también
la margen derecha del río Rímac,
en la parte que queda frente al centro de
dicha ciudad, ósea frente a la Plaza
Mayor y Palacio de Gobierno, y engrandeciendo
un poco el curso del río quedaron
unos terrenos sin edificar, los cuales se
conocían verbalmente por El
Acho, nombre que posteriormente ha
suscitado algunas discrepancias, pues mientras
algunos escritores imputan dicha denominación
a que ese era el nombre del propietario
del terreno, otros opinan, al parecer con
fundada razón, que el nombre proviene
de la configuración del terreno,
que se encuentra casi en la falda del cerro
San Cristóbal, y la palabra quechua
Haacho simbolizaba la denominación:
terreno ligeramente elevado, cercano
a la costa y desde el cual se divisa el
mar, lo que resulta aparentemente
exacto, en cambio no hay noticias de que
esos terrenos hayan pertenecido a ningún
señor de apellido Acho o siquiera
algo parecido.
Es en esos
terrenos en donde el Virrey, Conde de Superunda,
autoriza a don Pedro José Bravo de
Lagunas, accediendo a solicitud de éste
(distinguido aficionado y hombre notable
de la localidad) construir una plaza firme
de madera, en donde se puedan correr toros,
debiendo destinarse el producto de las corridas
que allí se celebran a reconstruir
el Hospital de San Lázaro, destruido
por el terremoto de 1746.
La citada
plaza firme, es la primera que se construye
en el Perú y por ende en América,
la que quedó terminada en 1756 y
se celebraron en ella dos temporadas. Es
de suponer que ésta plaza, una vez
concluidos los fines para la cual fue construida,
fue desarmada, ya que en 1762 solicita don
Miguel de Adriansen autorización
para levantar una Plaza de Toros firme en
los terrenos del Acho, siéndole concedida
dicha autorización por el Virrey
don Manuel de Amat y Juniet, con la condición
expresa de que debe de abonar 1,500 pesos
anualmente al ya citado Hospital de San
Lázaro y que debe asimismo entregar
determinada cantidad para cubrir el saldo
que ha quedado pendiente de la instalación
de una pila en la Plaza Mayor.
La nueva
plaza firme se inauguró el 27 de
enero de 1763, pero no hay noticias en el
tiempo que continuó funcionando,
aunque sí se sabe que las Corridas
Reales siguieron realizándose en
la Plaza Mayor.
En el año
1765, el acaudalado vecino de la ciudad
de Cañete, don Agustín Hipólito
de Landaburu se decidió a construir
una verdadera plaza de toros.
El contratista
de la plaza se dedicó a explotar
el negocio de organizar corridas con bastante
acierto, pues obtenía muy buenas
utilidades de cada temporada. A pesar de
existir ya una plaza de toros en regla,
el Cabildo siguió organizando las
Corridas Reales en la Plaza Mayor de Lima
y se da el caso de que la Plaza de Acho
no abrió sus puertas en todo un año
por haberse realizado Corridas Reales en
la citada Plaza Mayor, como fueron los casos
de algunas de las corridas de toros que
volvieron a celebrar en la Plaza Mayor de
Lima, un hecho ocurrió el año
de 1773 con motivo de haber recibido el
Virrey don Manuel Amat y Juniet, la Gran
Cruz de la Orden de San Genaro, otro caso
es en el año de 1812 por la creación
del Regimiento de la Concordia y por el
nombramiento de don José Baquiano
y Carrillo, Conde de Vista Florida, como
Consejero de la Corona, y por último
en el año de 1816 en la Plaza Mayor
de Lima se celebró la última
corrida de toros con motivo de la llegada
del Virrey don Joaquín de la Pezuela.
Hasta principios
del siglo XIX sólo se consignaban
en los anuncios de los carteles, los nombres
de algunos de los lidiadores, entre ellos
figuran ya los Capeadores a Caballo
(rejoneadores que ejecutan la llamada Suerte
Nacional a diferencia del típico
arte del rejoneo), no se tiene noticia cierta
de quien inventó esta suerte que
luego se ha denominado Suerte Nacional,
y que consiste, como se indica, en capear
desde un caballo al toro, para lo cual se
usa un capote de brega, muy parecido al
que usan los matadores, solamente que un
poco más liviano. Uno de los primeros
capeadores a caballo, fue Casimiro Cajapaico
a fines del siglo XVIII. A partir del 1,800
se empiezan a consignar los nombres de todos
los lidiadores y el cargo de deben desempeñar
en la cuadrilla, dándose inclusive
los nombres de los toreros peruanos, pues
antes sólo se mencionaba el de los
españoles y mejicanos. Poco a poco
las corridas van formalizándose y
desaparecen los Parlapanes,
los Desjaretadores, los lanceadores,
los mojarreos, etc.
La lucha
por la Independencia del Perú no
amengua el desarrollo de la fiesta brava,
pero al producirse ésta efeméride
nacional, se empiezan a excluir a los lidiadores
españoles y sólo actúan
los peruanos. Se suprimen los picadores,
pero quedan los capeadores a caballo.
Este estado
de cosas dura hasta 1848, en que se constituyen
empresarios don José María
Urresti y don José de Asín,
éste último algunos años
antes había fundado la ganadería
llamada Rinconada de Mala (primera
ganadería de reses bravas que empieza
con la selección de bravos en el
Perú), que llegó a ser famosa
divisa, y que a mediados del siglo XX sus
nietos liquidaron la dehesa. Esta empresa
contrató a la primera cuadrilla española
después de la Independencia Peruana,
en dicha cuadrilla figuraban los matadores;
Carlos Rodríguez y Antonio Romero
Parillado. En esta temporada
se reduce nuevamente el número de
toros y sólo se lidian diez por tarde.
El 2 de agosto
de 1859 hace su primera presentación
como matador el torero negro Ángel
Valdez quien llega a tener una popularidad
enorme con el remoquete de El Maestro,
y que durante muchos años acaparó
la popularidad y los aplausos del público
limeño, su fama no sólo se
circunscribió en territorio peruano,
si no que también conquistó
éxitos en el viejo continente, pues
no sólo actuó en todas las
plazas del Perú, sino que también
hizo viajes al extranjero, inclusive a España,
en donde sólo hay noticias de que
toreó una corrida en Madrid, alternando
con Vicente García Villaverde
y sin que hubiera cesión de trastos,
por lo que se supone que Ángel Valdez
El Maestro hizo valer su categoría
de matador de toros.
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